A unos días del Oscar hemos estado demasiado preocupados por si Timothée perdió su estatuilla, si Michael B. Jordan se la llevara por sus estupendas —son dos— actuaciones en Pecadores o si Leonardo DiCaprio tendría que hacer algo absolutamente inesperado para ganar otro Oscar.
Aquí también hemos celebrado el talento y el tamaño de actuación de Wagner Moura en Agente secreto, y créanme: es un trabajo digno de toda ovación y admiración posible.
Poco hemos hablado de lo que posiblemente sí es la mejor y más profunda actuación del año. Hablo de Ethan Hawke interpretando a uno de los padres del teatro musical moderno: Lorenz Hart. Para empezar, uno se olvida de que es Hawke en el personaje del letrista de enormes clásicos como “My Funny Valentine” y “The Lady Is a Tramp”. Ver su ruptura emocional al darse cuenta de que su pareja creativa, Richard Rodgers, avanza hacia una nueva era resulta aún más poderoso que su impresionante transformación física.
El corazón se rompe en tiempo real cuando Hart entiende que ha perdido a su comparsa ante la llegada de “Oklahoma!”, que marcaría el inicio de Rodgers y Hammerstein —y con ello, la era más exitosa del musical como cultura popular.
Duele porque lo vemos tratar —entre copa y copa— de convencerse de que su ingenio sigue siendo relevante, de que vienen tiempos mejores y de que la frivolidad que percibe en el arte del momento será tan pasajera como el mal momento que está viviendo.
Es una dolorosa belleza esta cinta, sostenida principalmente por su actuación. Sé que pocos la vieron y que por eso no se toma tanto en cuenta su trabajo en esta ceremonia. Pero hagamos ruido para que mucha gente la rente y la vea. Para eso —al fin de cuentas— se supone que son los Oscar.