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Sábado , 23.02.2019 / 23:51 Hoy

Crónica

Traurigkeit

Susana Iglesias

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El tiempo es una foto nocturna en la que estamos crudos bajo el amparo de la penumbra ¿escuchábamos el ruido de los autos o el silencio? Tirados en la duela rota de aquel departamento junto al viejo teatro abandonado. La emoción de infiltrarnos por la azotea, nos tomó varias semanas vencer los candados y cerraduras que conectaban una de las puertas del techo hacia el interior del cine, imaginando su grandeza del año 1938, cuando fue inaugurado. El miedo es la inspiración de agrietadas sombras que nos visitan cuando sonreímos. Aquel placer torcido: visitar la sala abandonada y vacía. Las polillas devoraron la tela de las butacas. Aquel majestuoso olvido, la representación más hermosa de nuestra soledad. Pasamos algunas noches bebiendo en la cornisa del teatro cuando se acabó todo, asustando a los transeúntes, arrojándoles botellas vacías o emitiendo murmullos. Nos reíamos de aquellos que hablaban del espíritu maligno que habitaba el cine. Tan solo era la voz del actor que asesinaron aquí en 1943, vivía atrapada en las paredes del cine Orfeón. La risa es una gota olvidada de vodka en un vaso que ya nadie beberá, fue lo último que te dije al colocar una sábana sobre la mesa que fue de tu abuela. Día tras día intentábamos soportar aquella vida que nos impuso alguien. El tiempo envejece tan rápido como nuestro afán de olvidar. Los sucesos también nos destruyeron. Nosotros. A veces los vecinos se cruzan conmigo en esa calle, evaden mirarme, pasan de largo tratando de creer que ya no existo, como si miraran en mi rostro todos los horribles crímenes de esta ciudad, me ignoran, escupiéndome con su desprecio, orillándome a turbar sus miserables espaldas con un arañazo. Entonces apresuran el paso, vuelven su rostro mirándome con miedo, cubriéndose la cara como si intentaran protegerse. Los conozco, en sus miradas me es posible vislumbrar el miedo, habito también en ellas, en la comisura violenta del asombro nocturno con que observan la angustia del mañana.

La humanidad sufre de una agonizante enfermedad: futuro. Nadie sabe quedarse en silencio, el afán más grande es la palabra pronunciada. Y entre existir y ser olvidado tal vez es mejor que nadie te recuerde. La existencia es la obsesión más sádica No les avergüenza vivir, ignoran que no se pertenecen a sí mismos.

—Están tan solos como nosotros, nadie nos sigue ahora.

—Nos han olvidado.

Continúan hablando en todos los sitios posibles, nunca más un café en silencio, ningún vagón de tren sin sus conversaciones, las salas de cine con sus risas estúpidas, abren la boca, las palabras sólo sirven para atormentar a otros, a los solitarios. Nadie me visitó en mi cumpleaños, solo tú. Al final de estos años de rabia tan solo he vuelto a encontrarme con la misma necia apuñalando sus promesas, muere desangrada una y otra vez. Soy la misma persona que no pudo encontrar algo real en los lagos apacibles, porque al verse reflejada en la superficie, besó su reflejo. Ahogada por la imposibilidad del amor, igual que Narciso, sin poder amar a otro ser. Le debo todo a la muerte, ahí cifré mi esperanza, la única tal vez entre tanta mentira.

—¿Cómo se atreven a ser niños y después ancianos?

—De la misma forma en que nosotros nos atrevimos la otra noche a cortarnos la garganta con el vidrio de la ventana.

Cuando llegó la primera notificación, la rompiste. Encontré los pedazos ocultos en un cajón en el que guardábamos los recibos sin pagar de la luz. A pesar de todo sigo aferrándome a todo aquello en lo que creímos para mantenernos vivos, en ese acto me burlo de lo estúpida que puede ser una mujer herida. Estaba ciega, no diré esa palabra aunque tu recuerdo intente obligarme.

No diré esa palabra aunque termine por envenenarme una noche frente lo que fue nuestra puerta, para que no muera todo aquello en lo que existimos. Hoy las nubes son más tristes y pesadas que aquellas sonrisas forzadas antes de desaparecer el uno del otro. Somos niños jugando escondidas con los ojos abiertos, ¿será que un día te encuentre y tú a mí? Es probable que el amor no sea esa pieza que nos faltaba en la cabeza.

—Mírame, no he cambiado.

—¿Por qué me pides que te recuerde?

—Porque la invención de una vida sin mí es asesinato

Otra turbia mañana nos alcanzó tirados en la duela. No quedaba nada, excepto la mesa. Alacenas vacías. Paredes saqueadas que antes exhibieron espejos del siglo XIX bañados en oro, cuadros, repisas con radios antiguos. El tiempo también es aquella fotografía que no tomamos aquella mañana. Como una daga, la luz, nos atravesó para siempre. La segunda notificación nos encontró ebrios, abrazados a mi cintura los dos, subiendo la escalera, con aquella botella que robamos en una tienda de la calle Sterling que ya no existe. He perdido la cabeza otra vez, estoy sentada en la cornisa del teatro, aullándole a la nada. La tercera notificación la rompí, nunca pude saber qué le pasó a la cuarta, no hablábamos ya en aquellos días. Silencio. Jamás te culpé, entendí que todo había acabado para ti cuando tomaste el vidrio de aquella botella que estrellaste en la pared. Te pregunté si tenías hambre, no respondiste, tan solo te acercaste a mirar por la ventana, inclinando el cuerpo hacia el vacío, balanceándote. Te pedí que me miraras, no me inclinaré ante el destino. Tomaste un pedazo de vidrio con aquella fuerza que nos otorga la tristeza, encerrándolo en tu mano, durante varios días, sin atreverte a soltarlo.

El tiempo es una fotografía. Tirados en aquella duela, tú con los ojos volteados hacia la oscuridad, mis ojos estaban abiertos, temblaba porque no volveríamos a hablar. Aquellas palabras pronunciadas inútilmente mientras unas manos que no me pertenecían, cubrieron la mesa de tu abuela. La noche es una marejada inconclusa que intento abrazar, se escapa una y otra vez entre las fisuras de mi cabeza, la muerte una cita a la que no quiero llegar, llaga disuelta entre un montón de pensamientos que nos queman para siempre. La quinta notificación con la palabra DESALOJO, jamás llegó.


* Escritora. Autora de la novela Señorita Vodka (Tusquets)

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