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Crónica

Nos encanta meternos en problemas

Susana Iglesias

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No pensar en las consecuencias es lo único que debes hacer cuando decides saltar al vacío. Esa parte destrozada, la soledad te ha transformado en alguien hermoso. Ojos tristes, silencio. Me siento en el último gabinete de nuestro café. Son de piel, blancos, del techo cuelgan lámparas galácticas. Llevo gafas oscuras igual que tú, distinto modelo, misma marca: Cartier. Somos dos estrellas estilo Las Vegas, a veces recargamos los codos en la grasa del mundo ordinario para aterrizar. Estás más delgado, tu cabello suave y negro es hermoso, Presley está orgulloso. Qué visión más turbia tienes de tu apariencia. Tus dedos no están chuecos, los míos sí. Sabías que lloré toda la noche tras acabarme casi una botella de vodka que me regaló mi editor en Navidad, la estaba guardando para una noche destructiva programada en mi cuerpo, deseaba perder el control. Estuve en el infierno, eso pasa cuando intentas meterte en la cabeza de otra persona. Nadie sale intacto cuando abraza una misión suicida: sentirse puro de alma —una tarde sentada con una taza de té y seis gatos mirándote, de forma terrible, con vértigo y asco, aceptas que a lo mejor existe—. Resignación, rabia. Rendirte sin remedio, conseguir que esa persona te pida que vuelvan a hablar, ruegas a dioses inexistentes que te pregunte si tienes la tarde libre, no le dices lo que realmente quieres hacer. No recordabas el miedo de arrojarte a unos brazos que tal vez te podrían rechazar, si tienes paciencia, hasta podrían bailar una canción de The Skyliners, pegados en la oscuridad. Si el cuerpo de tu devoción, si tan solo esos labios mordidos que te atormentan y la lengua de tu agonía respira fuerte en tu oído a punto de un ataque asmático, si toca mientras huele tu cabello casi de forma imperceptible, tu oscuridad logra conmoverse, es un momento superior a la soledad que habitas. Ya no te perteneces.

Nada como bailar, pregúntale a mis botas que regresaron heridas del festival Tierra Beat en el parque Circuito Bicentenario, nunca voy a una demarcación tan agreste: Azcapotzalco. La experiencia rebasó las expectativas del cartel, más de 100 actividades relacionadas con la cultura del ahorro (reciclar) y prácticas cotidianas autosustentables. Un cartel memorable y gratis. No entiendo esa obsesión deprimente de pagar 200 pesos por una cerveza tibia en el sobrevaluado Ceremonia. Llegué en Metro, demasiadas escaleras, la estación Ferrería debe ser horrible por la noche en un día normal. Fui para ver tocar a Belafonte Sensacional y para revivir los 90 con Martín Parra. Por primera vez en muchos años de eventos que ocurren en la ciudad, el mensaje fue: no necesitamos policía en el evento. Los polipuercos violentan los festivales de rock, son figuras que dan asco a neonatos, bebés, viejos y jóvenes, nada tienen que hacer vigilándolos, se ven ridículos entre personas tumbadas en el pasto o bailando. El agua era gratis, te prestaban un vaso de litro por el que podías dejar un depósito razonable para beberla durante todo el evento, los micrófonos anunciaban cada cierto tiempo que: el agua es un derecho humano. Tengo otra opinión, otro día les explico. Mientras tocabas traté de dispararte con mi Leica, entre tantas cámaras inservibles y grandulonas, me sentí aliviada de no ser fotógrafa o periodista de rock. De no tener que enviar una nota en ese momento con fotografías. Gracias a L tuve el enorme privilegio de no morir en el último fin de semana del mes de abril. Un mes maldito en mi vida. No podía concentrarme, estuve en el limbo, lo adjudiqué a que no me bautizaron, fe y redención: causas perdidas. En algún momento me viste allá abajo, nos encontramos con la mirada, bailaste para mí durante unos segundos como iguana. Soy un fracaso. Un par de fracasados bebiendo en lunes. Veo el mundo a través del sonido. Mi muerte ha girado a través de la música, me comunico a partir de lo que escuchan otros, de saber qué y por qué escuchan.

Llevas un pantalón de tubo, te queda bien, una playera gris arremangada que deja ver tus brazos que nunca serán de adicto. Te deslizas en el gabinete una y otra vez tarareando una canción de amor que compusiste a una niña, me dices que nadie puede llamarlas niñas en siglo XXI.

—Iba a la escuela por Alma Lilia, ¿te acuerdas? No ponía atención a ninguna clase.

—Pasabas de milagro, triste puerco solitario.

—Somos dos puercos.

—Después te enamoraste de Ana, Joana y Vanessa.

—No quería besarlas, sí quería, también platicar, era un motivo para estar vivo.

—¿Sobrevives drogado de amor?

—Desde antes de nacer, quiero gustarles a todas, que me

escuchen.

—Es la música, sedante contra el dolor del mundo.

—Emborráchate y toca el piano conmigo.

—Jamás

Tu padre tiene un cuerpo de piedra, violento, me encanta ver sus dedos. De él aprendiste a hacer canciones. Eres una piedra en la cara de los malnacidos, una cicatriz en la noche.

—No quiero volver a verlo, ¿qué hago?

—¿De verdad que eso está

sucediéndote?

—Me iré a California porque Texas es un polvoso pueblo

aburrido.

—Ya no lo veas.

—Muérete, sabes que vas a morir, ¿no?

—¿Qué viste en él?

—Es brillante.

—Estás rodeada de personas brillantes, ¿qué más?

—Antes de aquellas conversaciones mi vida era absurda.

—Lo es todavía.

—Cállate.

—¿No has bailado con él,

verdad?

—Lo hice.

—Compra de inmediato un vuelo a Long Beach.

Una noche te citas en una cantina de República de Cuba, acabas en Neza. Lo único que me gusta de ser adulto: podemos volver a la realidad en un taxi y dormir a las siete de la mañana.

—¿Y su viaje?

—Que se divierta, que te traiga un labial rojo.

Me niego a ser normaloide. Nada está determinado, nada roto se resuelve. Nos encanta meternos poppers y también en problemas. No es necesidad de amor, nadie debería sentir necesidad. Algunas mañanas me duelen los labios, la mandíbula de tanto blow. Si el amor existe, no tengo problema en citarme con él y escupirle en la cara. 

Crónica-conversación con el vocal punkarro de la banda Belafonte Sensacional.


* Escritora. Autora de la novela Señorita Vodka (Tusquets)

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