En México, una persona solicita una cita, acude a un módulo del INE con documentos comprobatorios, entrega sus datos, se toma la fotografía, firma, coloca sus huellas y sale con un comprobante en la mano, todo en cuestión de minutos y sin pagar un solo peso. Lo que ocurre entre ese momento y el día en que recoge su credencial para votar es un recorrido muy poco conocido sobre el cual vale la pena contar, porque en él se juega el proceso más importante para el INE.
El trámite de registro no alimenta un archivo cualquiera, sino el Padrón Electoral, la base de datos de personas más grande y mejor depurada del país, misma que administra el Registro Federal de Electores del INE.
Alrededor de esa base de datos se sostiene, buena parte de la maquinaria electoral que la ciudadanía ve solo un domingo cada tanto al acudir a votar. La cartografía electoral, que divide el territorio nacional en secciones y permite saber a qué casilla corresponde cada domicilio, se actualiza de manera permanente con trabajo de campo. La distritación, que define polígonos con un número equilibrado de población, se calcula a partir de esa misma información. Y de ese padrón se desprende la Lista Nominal de Electores, la que llega impresa a cada casilla con la fotografía de quienes pueden votar ahí y que antes se entrega a los partidos políticos para su revisión, porque el sistema está diseñado para que nadie tenga que creer en la palabra de la autoridad
Ese padrón, además, hace tiempo que dejó de servir únicamente a la autoridad electoral. Bancos, aseguradoras, dependencias públicas, notarías y prestadores de servicios verifican todos los días que una credencial sea auténtica y siga vigente, y lo hacen porque el Registro Federal Electoral del INE ofrece un servicio de consulta que confirma o desmiente lo que se le presenta sin entregar la base ni exponerla. Buena parte de la vida financiera y administrativa del país se apoya, sin que se note, en esa verificación.
Conviene detenerse también en el objeto físico, es decir, la credencial porque su gratuidad esconde lo que cuesta. Detrás de cada mica hay sustrato especializado, tintas, holograma, personalización, laminado, troquelado, clasificación, empaque y distribución a los módulos de todo el país. Y no es cualquier plástico, pues mientras la tarjeta de una tienda de conveniencia se despinta o se parte en cuestión de meses sin que a nadie le sorprenda, la credencial para votar tiene que resistir un ciclo estandarizado de diez años de cartera, de sol y de manoseo en cada ventanilla sin perder la fotografía, el dato ni el elemento de seguridad, razón por la cual el modelo se somete a pruebas de laboratorio externas antes y después de iniciar su producción.
Producir la credencial, sin embargo, es apenas la mitad del camino, porque después hay que hacerla llegar a quien la solicitó. Cada credencial se clasifica por módulo de destino, se empaca y se embarca hacia el punto exacto del país donde su titular hizo el trámite. Cuando llega, el módulo la resguarda y avisa que está disponible, y si nadie la recoge dentro del plazo previsto no se queda por ahí arrumbada, se conserva bajo control y finalmente se da de baja, que es otra forma de cuidar el padrón.
Este circuito se ha enriquecido a lo largo de treinta y cinco años mediante mejoras discutidas y aprobadas en la Comisión Nacional de Vigilancia y en el Consejo General del Instituto, donde los partidos políticos tienen voz y revisan cada cambio. Se pasó así de un procedimiento en buena medida manual, con verificación documental limitada y entregas en plazos largos, a uno automatizado, con verificaciones automatizadas, elementos de seguridad de nueva generación y controles de calidad aplicados pieza por pieza.
Ese estándar obliga a renovar periódicamente el modelo de la credencial y, con él, el contrato de producción, y ahí aparece el punto que en los últimos meses ha llegado a los medios, a veces sin elementos que parametricen la totalidad del proceso y contando una sola parte de esta cadena industrial.
Todo cambio en un servicio de producción de esta escala implica un periodo de estabilización, porque se deben calibrar líneas completas y equipos, validar los elementos de seguridad nuevos y ajustar los controles de calidad antes de correr a capacidad plena, y ese arranque se hace de manera gradual precisamente para revisar que cada etapa responda como debe antes de sumar volumen.
Es un procedimiento deliberado y no una improvisación, aunque desde la ventanilla se perciba simplemente como una espera más larga de lo habitual, y es también la razón por la que la experiencia probada en otros procesos del Instituto permite acotar los plazos, porque cada etapa que ya se sabe verificar se resuelve antes y libera atención para las que todavía exigen ajuste. De un ciclo a otro, esas etapas se han ido acortando, no porque el reto sea menor, sino porque la ruta ya se conoce.
Ese es, me parece, el punto que merece atención ciudadana, porque el reto existe, se reconoce, se informa y se va diluyendo semana a semana, y eso no ocurre por inercia sino por experiencia.
Al final, lo que hay entre el trámite y la credencial es una cadena que empieza en una ventanilla, atraviesa una serie de procesos industriales y regresa al mismo módulo donde comenzó, y contar cada uno de esos eslabones tiene un propósito, que es mostrar que ninguno de ellos es hoy el mismo que hace treinta y cinco años.