Ni 24 horas habían pasado desde que entrevisté a doña Finita y los diputados locales ya estaban anunciando un donativo de 150 mil pesos para ayudar a su hija (Cecilia, la maestra baleada en el Colegio Americano del Noreste) con tratamientos y rehabilitación.
La postal, algo quijotesca, mostraba a varios políticos frente a los micrófonos de una veintena de periodistas. ¿Alguien sabe cómo está? Se escucha al aire ante la negativa de los diputados que intentaban demostrar un corazón noble a pesar de sus colmillos siempre relucientes.
La nota diaria giraba en torno a Cecilia, su enigmático estado de salud después de 43 días internada y luego de casi ¡una hora! nadie decía nada. ¿Cómo podía ser? Se quejaba un colega hasta que los diputados tomaron la palabra y…
Intenté prestarles atención, pero no pude. En mi cabeza rebotaban las palabras que Finita me dijo la noche anterior cuando le comenté sobre el evento. “¿Qué? No sé nada y la salud de mi hija es primero. No es momento para algo así”.
Recordé la forma en que me acerqué a ella días antes; una mujer buscadísima por medios nacionales e internacionales, y que rehuía a los flashes. ¿Cómo lo logré? Acercándome al ser humano. La nota era mi objetivo, pero debíamos aportarle algo a su hija. Si no, ¿para qué hacemos periodismo? Vivimos para la talacha diaria y luego nos vamos para casa. Muchas veces es entendible, pero también debemos cachetearnos frente al espejo y recordar lo que podemos lograr si vamos más allá.
La gente huele el oportunismo a kilómetros y los periodistas estamos dentro de esa especie a la que le urge reinventarse para no ahogarnos en un cinismo espeso y mortal. ¿Por qué no conseguimos ciertas entrevistas? Porque desconfían de nosotros sabiendo que al otro día ya estaremos con otro tema. No existen, nos valen madre, y ahí está el gran error. O cambiamos nuestra forma de trabajar o (eternamente) nos prejuzgarán tan hipócritas como muchos de estos políticos que frente a los micrófonos le donaron 150 mil pesos a Cecilia.
Twitter: @santiago4kd