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Jueves , 18.04.2019 / 09:07 Hoy

Política Irremediable

Si está cara, pues no la compres

Román Revueltas Retes

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No estoy enteramente seguro de que el papel de la rama ejecutiva del poder público sea evidenciar a las estaciones de servicio que venden más caro el combustible, y esto, además, con aires de reprimenda y con un tufillo de denuncia justiciera.

Si tuviéramos únicamente monopolios en este país, entonces la fatalidad de pagar el precio arbitrariamente fijado por los vendedores sería ineluctable. Ya nos ocurrió eso durante años enteros, de hecho, y fue en los arcaicos tiempos en que el maligno neoliberalismo no había todavía abierto los mercados a la competencia en este país. Conllevábamos, los sufridos consumidores, las inclemencias de un servicio telefónico punto menos que calamitoso suministrado por una empresa estatal tan inoperante como indiferente a los más elementales requerimientos de los usuarios; para disponer de una simple línea telefónica debías esperar meses enteros —años, inclusive— y si te quedabas sin servicio podían también pasar centenares de días sin que los señores técnicos de la mentada corporación se aparecieran para realizar las debidas reparaciones. Tan desastrosa era la atención a los clientes que muchos de ellos publicaban reclamos en la sección de pequeños anuncios de los diarios para que les arreglaran el desperfecto.

Tampoco era nada buena, que dijeras, esa gasolina, producida por la empresa de todos los mexicanos, cargada de plomo dañino, ni mucho menos el diésel atiborrado de mefítico azufre que, aparte, te los despachaban, digamos, a la fuerza porque no había absolutamente ningún otro proveedor de gasolina y gasóleo en todo el territorio nacional. Te vendían los carburantes subsidiados, eso sí, porque Pemex no los refinaba buenos y baratos, como toca, sino caros y malos pero, en fin, el pueblo merecía de todas maneras hidrocarburos a precios bajos para seguir adorando indefinidamente a los prohombres del régimen priista y votar por ellos en cada una de las subsiguientes elecciones.

Llegó un momento en que parecíamos una economía comunista, señoras y señores, con tres o cuatro modelos de televisor en los grandes almacenes, cuatro marcas de coches en las calles y la tristona ropa confeccionada localmente. El sueño de todo comprador era viajar a los Estados Unidos —adónde más— para volver al terruño bien provisto de ropajes “importados”, novedosísimos artículos electrónicos y otras baratijas deslumbrantes de necesidad.

Y, pues sí, las cosas han cambiado: nuestros mercados se han abierto e importamos alegremente mercancías de todas las proveniencias. En lo que toca a los combustibles, tenemos gasolinas de Mobil, refinadas en Texas, y de Shell, autóctonas con aditivos agregados. Pemex, por su parte, sigue vendiendo libremente su Magna y su Premium a quien le dé la gana. Unas son caras y las otras menos caras. ¿Cuál es el problema?

revueltas@mac.com

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