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Política Irremediable

Sheinbaum: el precio de poner orden

Román Revueltas Retes

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Los ciudadanos de la capital de los Estados Unidos Mexicanos poseen unos rasgos de personalidad bastante extraños: son capaces de sobrellevar las más descomunales frustraciones prácticamente sin chistar —se quedan dócilmente en sus vehículos, horas enteras, cuando los agitadores de turno bloquean las avenidas; pierden una sustancial parte de sus vidas yendo meramente al trabajo; se acomodan a un transporte público piojoso, aparte de inseguro; respiran aire pestilente y contaminado; se mueven en un entorno ruidosísimo y rebosante de basura; o sea, que parecieran tener una oscura vocación por el martirio— pero, al mismo tiempo, exhiben una consustancial inconformidad con las cosas y se especializan en el descontento, así de improductivo como resulte al final por no traducirse en acciones concretas y exigencias tajantes.

Estos sufridos capitalinos votaron masivamente, en las pasadas elecciones, por una candidata que podríamos tildar de pre oficialista, valga el término, en tanto que Obrador no ocupaba todavía la silla presidencial. Todos los demás elementos de la ecuación están ahí, sin embargo: el apoyo irrestricto del líder máximo, su confianza y sus bendiciones mientras que ella, por su parte, ha jugado el papel de fidelísima seguidora que le toca. Lo que ocurre es que ya en el momento de gobernar todo se enreda, sobre todo en una ciudad tan morrocotudamente complicada. Para mayores señas, a la mujer le acaban de caer encima dos problemones —la delincuencia y la contaminación— que, por lo que parece, no los había logrado vislumbrar debidamente cuando consultó su bola de cristal al comenzar su encomienda.

Ahora bien, no es esto de lo que quiero ocuparme en estas líneas sino de la arremetida de la doctora Sheinbaum contra los constructores y promotores inmobiliarios. No quiere, la alcaldesa, que siga imperando esa suerte de ley de la jungla que ha transformado a la megalópolis justamente en lo que es ahora, un territorio anárquico donde nada se planifica y no existe la más mínima visión de largo plazo. El asunto es que, al tratar de poner algo de orden, está desmantelando la estructura misma del capitalismo salvaje —especulativo y depredador— que acostumbramos en estos pagos. ¿Eso quiere? Pues…

revueltas@mac.com

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