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Sábado , 20.04.2019 / 20:20 Hoy

La Semana de Román Revueltas Retes

No se gobierna con un roñoso tercio de los votos

Román Revueltas Retes

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O sea, que nos va a gobernar un individuo elegido apenas por una tercera parte de los votantes. Y, bueno, como millones de mexicanos se desentienden deliberadamente de su facultad de ejercer ese gran derecho ciudadano que, a pesar de todos los pesares, nos otorga nuestra democracia, y no se toman nunca la molestia de acudir a las urnas (en parte, por el pernicioso desplante de que “todos son lo mismo”), entonces podemos tener muy serias dudas acerca de la representatividad del próximo presidente de la República.

Eso, lo de no sentirnos lo debidamente representados por el poder central, ya nos ocurre ahora: casi no te encuentras a nadie que no exprese un inmediato rechazo hacia Enrique Peña, por las razones que fueren. Naturalmente, hay otros líderes políticos con bajísimos niveles de aceptación, en muchos países del mundo. Y, en lo que se refiere al tema de esa segunda vuelta electoral que tanto se discute ahora, con las siguientes votaciones presidenciales casi a la vuelta de la esquina y la resaca del pasado 4 de junio afectando todavía al organismo social, a la propuesta que hemos hecho algunos de nosotros de copiar a la letra el sistema político de la República francesa para agenciarnos mayores provechos cívicos, podría oponerse la evidencia de que el repudio a François Hollande —el anterior jefe de Estado galo— fue absolutamente descomunal en los últimos tiempos de su mandato. ¿Qué fue lo que pasó ahí? Pues, varias cosas: el natural desgaste en el ejercicio del poder, tibios intentos del mandatario de afrontar los intereses de unos sectores de la población beneficiados por una anacrónica cultura corporativista, inaceptables tasas de desempleo (resultantes, paradójicamente, de esa antedicha estructura clientelar), progresión del discurso populista de la extrema derecha y, finalmente, ese fenómeno —cada vez más visible, en estos tiempos— del profundo descontento de la población.

Muy bien, Hollande llegó a ser incomparablemente más impopular que Peña. Y esto, en una nación, lo repito, dotada de una estructura institucional que asegura la debida representación de sus ciudadanos. Pero, a ver, ¿qué ocurrió después? Se celebraron unas elecciones, señoras y señores, en las que la diferencia entre Emmanuel Macron y Marine Le Pen —el candidato puntero, de lo que podríamos llamar una derecha esclarecida, y la representante de la derecha cavernaria— no fue tan determinante como para concederle, a alguno de los dos, el triunfo decisivo. Es decir, que, sin sobrepasar ninguno de los aspirantes el 50 por cien de los sufragios, hubo de llevarse a cabo una segunda vuelta. Ya ahí, en ese posterior trance electoral, se manifestó palmariamente la realidad del llamado voto útil que, en este caso, castigó a una candidata por la cual una gran mayoría de franceses no estaban dispuestos a votar.

A manera de simple ejercicio de imaginación, sería interesante adelantar un escenario parecido en el México de 2018: compiten, digamos, Obrador y algún aventajado de cualquier otro partido (no me permito, a pesar de lo fantasioso de la trama, anticipar el nombre del contrincante directo). Y resulta, miren ustedes, que el jefe de Morena saca una mínima ventaja (dejémosla en dos puntos porcentuales para que, contradiciendo directamente sus belicosas posturas de mal perdedor en las pasadas justas electorales, Obrador, ahora sí, le otorgue a nuestras instituciones la más total y absoluta confiabilidad, por no hablar de que, al salir victorioso, así sea por una nariz, las considere ejemplarmente legitimas). Estamos hablando de que el hombre, con el sistema que tenemos actualmente, sería automáticamente presidente de México. Y esto, con la radical oposición de más de la mitad de los habitantes de este país. Ah, pero hay una segunda vuelta, justamente: y ahí, no participando ya los partiditos para restarle votos a los punteros y, confrontados los votantes a la disyuntiva de ser gobernados por un personaje que aborrecen o de elegir a otro que no les termina de caer bien, tan sólo eso y nada más, pues el desenlace es evidente: el contrincante de Obrador le saca 20 o 30 puntos de ventaja. Tales serían las indiscutibles bondades de la mentada segunda vuelta, amables lectores. Por lo pronto, ya nadie llegaría a la Presidencia de esta nación con un roñoso tercio de los sufragios.

Pero, hay algo más: a esa segunda ronda de votaciones habría que añadirle la celebración de unas elecciones legislativas. Porque, digo, cuando los ciudadanos tengan ya enfrente el hecho consumado e irreversible de un presidente electo (elegido no por la mínima, lo repito, sino con una clarísima delantera), sería bastante probable que decidieran otorgarle los medios para que lleve a cabo su programa de gobierno.

Esto, finalmente, no es un asunto de mera representatividad, como dicen algunos. Es, sobre todo, una cuestión de gobernabilidad.

revueltas@mac.com

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