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Domingo , 21.04.2019 / 13:09 Hoy

La Semana de Román Revueltas Retes

El pueblo ingobernable

Román Revueltas Retes

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Me cuenta el responsable de Ecología de un municipio que las tareas de reforestación prácticamente no las emprenden ya en las calles y las avenidas de la localidad sino en espacios donde hay una mínima vigilancia o, por lo menos, frecuentados por personas que impidan espontáneamente el destrozo puro y simple de los arbolitos recién plantados.

Así están las cosas en muchos rincones de nuestro país, señoras y señores. Nuestra gente tiene sus impulsos, vamos, y se siente llevada a destruir los cipreses, colorines, pinos, cedros, fresnos, huizaches y mezquites que, paradójicamente, pudieren embellecer su entorno y hacer más llevadera su grisácea cotidianidad.

México es un desastre ecológico en sí mismo, un territorio devastado, rebosante de basura, plagado de fétidos arroyuelos y sofocado por los polvorientos ventarrones que se levantan de sus áridos suelos. Y los mexicanos pareciéramos ser los enemigos naturales del árbol, visto nuestro comportamiento: hemos acabado ya con millones de ejemplares en selvas y bosques. Ahora, proseguimos con la destructiva tarea impidiendo que nuestras ciudades se pueblen de frondosos arbustos y plantas de ornato.

El tema es mucho más inquietante de lo que pudiere parecer a primera vista porque tiene que ver con el comportamiento ciudadano, o sea, con la disposición de la gente a vivir en armonía y con un mínimo de respeto por las cosas. El vandalismo es la expresión extrema del impulso destructivo de ciertos individuos pero otras manifestaciones menos violentas de incivilidad terminan siendo de cualquier manera muy costosas en términos sociales. Después de todo, las aceras de las calles, las instalaciones, el mobiliario urbano, las señalizaciones y los equipamientos de un parque o de una plaza resultan de los repetidos esfuerzos de toda una comunidad por mejorar el espacio común. Las personas, de tal manera, debieren percibir los bienes públicos como algo propio renunciando, por simple civismo, a dañarlos o, en el peor de los casos, a perpetrar acciones como el robo de los cables de cobre que conducen la energía eléctrica o la sustracción de las tapaderas metálicas del desagüe.

No ocurre así, sin embargo, sino que vivimos una perturbadora realidad de hurtos y estropicios. Se desencadena de tal forma una suerte de perversa carrera entre los proveedores de infraestructura y unos usuarios que, desentendidos de su condición de beneficiarios directos de la inversión, se dedican a romper los bancos de la parada del autobús, a pintarrajear las señales de tránsito o a apedrear las lámparas del alumbrado: a más cuidados para mejorar el ambiente, más destrozos; a más gasto, más menoscabo; a más proyectos, menos rendimientos…

El Paseo de la Reforma, en la capital de la República, no está devastado ni mucho menos (aunque ya ocurrió el robo de una de las estatuas que se yerguen en los pedestales de piedra de la avenida). Pero esta muestra turística, especie de escaparate de país civilizado, no se reproduce en lo absoluto a escala nacional. Al contrario, en muchas comunidades hay muestras de una creciente desobediencia civil y la descomposición social comienza a adquirir proporciones verdaderamente inquietantes bajo la forma de algaradas, saqueos y abominables linchamientos. El Gobierno de la 4T debe entonces afrontar una tarea en verdad compleja que, encima, no parece siquiera haber formulado como un propósito concreto, a saber, la transformación de millones de mexicanos en ciudadanos dotados del debido espíritu cívico para, a partir de ahí, edificar una nación globalmente amable, pacífica, ordenada y solidaria.

Estamos hablando de los sectores de la población hacia los cuales van dirigidas principalmente las políticas públicas, más allá de que la gran cruzada reformadora del Gobierno se sustente en denunciar en exclusiva a los corruptos integrantes de la “mafia del poder” y que éstos, así de extraño e inentendible como parezca, hayan escapado la acción de la justicia.

Los votantes rechazaron frontalmente a un sistema corrompido en las pasadas elecciones, esperanzados además en que acontecería una verdadera transformación en este país. La empresa, sin embargo, no se limita a denunciar a los deshonestos de siempre –los conspicuos representantes de la “mafia del poder” y aquellos otros que promueven el nefario neoliberalismo— sino que implica también la urgentísima faena de neutralizar a los vándalos, a los desobedientes, a los ladronzuelos y a los saqueadores de a pie, aunque hayan merecido el diagnóstico, mucho más benigno, de que fueron llevados a delinquir por las durezas de la pobreza que sobrellevan.

El tema de origen es la educación, desde luego, y la gran pregunta que debemos de hacernos es por qué hemos fracasado, como sociedad, en la transmisión de valores morales. Ya sabemos que la escuela y la familia se encargan del primer proceso de interiorización de las normasen los niños. Pero, bueno, adivinemos ahora quienes serán los encargados de tan altísima misión en la 4T. ¿La CNTE, tal vez?

revueltas@mac.com

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