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Lunes , 25.03.2019 / 08:36 Hoy

La Semana de Román Revueltas Retes

David Cameron, el gran destructor

Román Revueltas Retes

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El miedo. El odio. Sentimientos muy primarios de los humanos que algunos políticos, los más ruines y oportunistas, atizan arteramente para sacar provechos y mayores cuotas de poder. La Unión Europea —un complejísimo entramado de entes burocráticos, disposiciones legales, reglamentaciones exhaustivas y organismos— pareciera haber dejado de atender las necesidades más inmediatas de muchos de sus ciudadanos o, por lo menos, así lo perciben millones de personas afectadas por el desempleo, la falta de oportunidades, la creciente desigualdad social y la llegada de inmigrantes que representan una amenaza a la cultura y las costumbres de siempre. Si a esta ensalada le añadimos el sempiterno espíritu insular de los ingleses (no en vano habitan una ínsula), promovido por el discurso populista de algunos politicastros, entonces el resultado es un(a) Brexit, como se le dice a la salida del Reino Unido de la comunidad europea de naciones.

Arguyen, los ingleses y los galeses (hago muy calculadamente esta distinción para diferenciarlos de unos escoceses que, habiendo votado mayoritariamente por la permanencia en la Unión Europea, no se sienten representados en la decisión final y que, muy probablemente, habrán de celebrar, a su vez, un segundo referéndum para separarse del Reino Unido, en espera de ver qué deciden también los irlandeses del Norte) de haber recobrado su “libertad” y su “independencia” siendo que nadie, en Bruselas, los ha despojado de una cosa ni de la otra. Pero, así de desaforadamente categórico y reduccionista es el populismo, señoras y señores, y así es como, invocando colosales perjuicios a los valores más fundamentales, logra movilizar a sectores enteros de la población. Pero, aquí también se marcan las diferencias: no han sido los jóvenes ni los londinenses ni los ciudadanos más ilustrados ni los británicos de ascendencia extranjera quienes han optado por el aislacionismo sino los grupos de blancos tradicionalistas, los habitantes de las zonas rurales y los integrantes de las clases trabajadoras, esos mismos que se oponen oscuramente a la globalización y que se sienten amenazados por la modernidad. En los Estados Unidos, los seguidores de Donald Trump tienen un perfil parecido.

¿Qué tan dañina pudiera resultar, justamente, la pertenencia a una comunidad de naciones? Hay que saber, en primer lugar, de qué estamos hablando. Ocurre que cualquier ciudadano de una sociedad avanzada debe sujetarse al imperio de las leyes y los reglamentos, sean o no sean de su agrado. Y ocurre, también, que todas estas disposiciones no han sido arbitradas directamente por su persona sino por terceros —juristas, expertos, representantes populares y empleados gubernamentales— en lo que vendría siendo una cesión obligatoria de la soberanía individual. Esta realidad parece ser aceptada, así sea a regañadientes, cuando los árbitros son de proveniencia nacional. Pero, por lo visto, a muchos ciudadanos europeos comienza a resultarles inaceptable que los asuntos se determinen en Bruselas o en Estrasburgo por individuos de otros países, aunque, en los hechos, las consecuencias sean exactamente las mismas, para la vida diaria, que si el reglamento hubiera sido impuesto por el vecino de la aldea o el más fervoroso patriota de la provincia. Aparece aquí el elemento del nacionalismo y, en su faceta más inquietante, el feo rostro del racismo. Pero estos son, precisamente, los ingredientes que tan calculadamente manejan personajes como Trump, Marine Le Pen o Boris Johnson quienes, en su condición de ofrecedores de soluciones fáciles a problemas complejos, se ganan la pronta adhesión de ciudadanos tan inconformes como irreflexivos. El “pueblo”, miren ustedes, se puede equivocar catastróficamente: ha votado libremente por Hitler, por Hugo Chávez y, ahora mismo, los ingleses han dado una muestra clamorosa de rancio provincianismo.

La construcción europea es uno de los más deslumbrantes logros del proceso civilizatorio. No olvidemos que, hasta hace muy poco, los pueblos del Viejo Continente se exterminaban despiadadamente los unos a los otros en una abominable orgía de sangre y dolor. Y es la renuncia voluntaria a la afirmación nacionalista lo que, más allá de los innegables beneficios de pertenecer al bloque económico más poderoso de todo el planeta, le confiere a la Unión Europea una inmensa categoría como una comunidad fraterna de naciones. En el polo opuesto se encuentran los países ensimismados y egoístas, obsesionados por marcar diferencias con el de enfrente y por reforzar el rechazo al otro. El Reino Unido ha tomado la peor de las decisiones. Y David Cameron, ese aprendiz de brujo que tan irresponsable y aturdidamente destapó la caja de Pandora del referéndum (despejándole, encima, el camino a los populistas), no sólo es el gran culpable de la fractura de Europa sino de la propia Gran Bretaña: se habla ya de que Escocia se separará de Inglaterra y de Gales. Habrá pues una frontera interior en la gran isla. Pero, no se acaban ahí las pérdidas territoriales: por ahí, Irlanda del Norte, que votó como Escocia, a lo mejor prefiere su permanencia en la UE a su pertenencia el Reino Unido. Goodwork, Mr. Cameron!

revueltas@mac.com

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