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Viernes , 22.02.2019 / 06:47 Hoy

Deporte al portador

Nostalgia del toreo

Román Revueltas Retes

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El sábado de la semana anterior, en una corrida de la Feria de León, me reencontré de pronto con las realidades del mundo de la fiesta brava. Ustedes no tienen por qué saberlo pero mi padre, que terminó siendo escritor aparte de fiero activista político, intentó ser torero en algún momento temprano de su vida. Recuerdo todavía el relato de su experiencia última como aspirante cuando, en una tal corrida de periodistas o algo así, intentaba matar a un novillo, una y otra vez, y aquello se le volvió una suerte de pesadilla por su impericia en la suerte de matar. Hasta ahí llegó, según parece, su experiencia en los ruedos, así de modestos como hayan sido los escenarios y así de limitadas como estuvieren sus facultades porque lo recuerdo, a mi progenitor, medio torpón (de hecho, tampoco pudo jamás aprender a conducir y era mi madre la que siempre estuvo detrás del volante y la que lo llevaba, en muchas ocasiones, a sus citas de trabajo y a otros lugares).

Fui de pequeño a los toros, entonces, y en mi memoria han quedado grabadas algunas escenas de tardes vividas en la plaza México, sobre todo una espeluznante cogida que sufrió Manuel Capetillo y que luego, para mi espanto, la reprodujeron en los noticieros en blanco y negro que presentaban los cines de aquella época antes de comenzar a exhibir la película programada.

En la corrida de la plaza de toros La Luz del antedicho sábado torearon Enrique Ponce, Octavio García ‘El Payo’ y Leo Valadez, un joven matador de Aguascalientes. Fue una corrida de esas llamadas ‘Cervantinas’, una invención reciente en el universo taurino —luego de las Goyescas, las Pinzonianas y las Teresianas— en la que los matadores no visten el tradicional traje de luces sino unos elegantísimos atuendos de corte, digamos, versallesco.

El viento soplaba fuerte al comenzar Ponce su faena y no pudo desplegar debidamente sus facultades pero en su segundo toro estuvo absolutamente sublime el maestro. Me di cuenta ahí —más allá de la elegancia, también, de ‘El Payo’— de que el toreo es el arte absolutamente efímero del instante, la consagración de lo fugaz. Mirando agonizar los toros luego de la estocada, advertí de la misma manera que es uno, otro más, de los resabios de la antigua barbarie de los hombres. Crueldad, paradójicamente, envuelta de suprema belleza.

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