Cuando observamos los principales desafíos que enfrenta Nuevo León, encontramos un denominador común: prácticamente ninguno respeta los límites municipales.
El tráfico no termina al cruzar una avenida que divide dos municipios. La contaminación del aire no distingue fronteras administrativas. La seguridad requiere coordinación permanente. La disponibilidad de agua, la infraestructura vial, el transporte público, el desarrollo urbano y, cada vez más, la planeación energética, son retos claramente metropolitanos.
Sin embargo, seguimos intentando resolver muchos de ellos con una lógica fragmentada.
La Zona Metropolitana de Monterrey es hoy una de las más importantes de América Latina. Más de cinco millones de personas viven, trabajan, estudian o realizan actividades cotidianas en un territorio profundamente integrado.
Por ello resulta indispensable evolucionar hacia un modelo de gobernanza metropolitana mucho más sólido.
No se trata de restar autonomía a los municipios, ni de concentrar facultades en un solo nivel de Gobierno. Se trata de generar mecanismos eficaces de coordinación, planeación y ejecución para atender problemas.
Durante años hemos privilegiado soluciones de corto plazo. Se inauguran obras importantes, se implementan programas específicos y se anuncian inversiones relevantes. Sin embargo, muchas veces esas decisiones responden a necesidades inmediatas y no necesariamente forman parte de una visión integral.
Nuevo León necesita pensar en décadas, no en trienios o sexenios.
La llegada de nuevas inversiones, el nearshoring, el crecimiento poblacional y la expansión industrial representan enormes oportunidades, pero también incrementan la presión sobre los servicios públicos e infraestructura.
Sin coordinación, el crecimiento puede convertirse en un problema.
El momento ha llegado de avanzar hacia una verdadera Ley de Coordinación Metropolitana que establezca responsabilidades claras, mecanismos permanentes de colaboración y una agenda común entre Gobierno del Estado y los municipios metropolitanos.
Las mejores ciudades del mundo han entendido desde hace tiempo que los grandes retos urbanos requieren de gobernanza compartida.
La coordinación no debe depender de la buena voluntad de quienes ocupan temporalmente un cargo público. Debe convertirse en una política de Estado. Porque el verdadero desarrollo metropolitano consiste en crecer con orden, con visión y con instituciones capaces de construir el futuro que nuestra sociedad demanda.