Imaginémonos que estamos en un hospital de campaña. Llegan decenas de heridos, algunos de muerte y el doctor que está a cargo, cubierto de sangre y agotado, va decidiendo cama por cama, o a veces en el suelo, a quién puede salvar. Su criterio es que solo puede operar a unos cuantos. ¿A quién escoge? El médico no es Dios, pero tiene que hacer una selección. Sobre él va toda la carga y el peso moral de haber tenido que decidir quién, probablemente, puede salvarse y a quién ya no tiene caso atender prioritariamente, porque, de todos modos lo más probable, es que no lo logre. Las guías bioéticas, todas perfectibles, tratan de descargar algo de ese peso que suele recaer sobre los médicos. Los criterios son discutibles porque hay distintos tipos de éticas, todas “válidas”, según la perspectiva filosófica de la cual se parte. En el caso de emergencias sanitarias, estamos en una situación similar. Todos (o casi todos) estamos de acuerdo con que todas las vidas tienen el mismo valor. Pero el problema es que no se puede atender a todos por igual cuando los recursos son limitados. Entonces hay que escoger quién los recibe prioritariamente. Este no es una competencia de uno contra otro: es una lista de prelación. Se atiende por orden. Pero ¿cuál orden? Veamos. Casi todo mundo está de acuerdo con que el personal médico debe tener prioridad. ¿Por qué? Pues porque ese personal está haciendo una labor heroica y, además, si se recupera, luego puede salvar más vidas. Entonces el principio de que todas las vidas valen lo mismo ya se rompió, porque entendimos que, por una razón socialmente responsable, que es la de que hay que buscar salvar el mayor número posible de vidas, los médicos, enfermeras, paramédicos etcétera, deben tener prioridad. En circunstancias extremas, por ejemplo, cuando hay hambrunas o guerras, otros servidores públicos también tendrán preferencia. Luego las decisiones se vuelven más complejas, pero siempre los criterios principales deben tratar de responder a la pregunta: ¿Cómo hago para salvar las más vidas posibles? Por eso, no estoy de acuerdo con el principio de Mauro González Luna (ver Proceso, n. 2268), de que: “Quien más requiere apoyo y cuidado es siempre, en sana ética, el más vulnerable”. A menos que entendamos que el autor se refiere al personal médico como el más vulnerable. La responsabilidad social no siempre es equivalente a la caridad cristiana.
En las discusiones y en las críticas a la guía bioética para la asignación de recursos médicos en situación de contingencia (en construcción) se ha criticado la inclusión del criterio de edad, como si de entrada fuese discriminatorio o no reflejara probabilidades de sobrevivencia o de muerte. De acuerdo. Hace ruido y se puede convertir en una categoría sospechosa, por lo que hay que eliminarla, para evitar cualquier forma de discriminación. Pero recordemos también que categorías aledañas (como morbilidades y estatus fisiológico) están ligadas a ella, aunque no siempre ni de manera lineal. En todo caso, al final, lo importante es que los médicos tengan una guía, socialmente responsable, que les descargue un poco de estas trágicas, pero inevitables decisiones.
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