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Sábado , 23.02.2019 / 16:16 Hoy

Perdón, pero...

El peregrinaje espiritual de AMLO

Roberto Blancarte

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Si usted quiere entender la ceremonia en la que el gobierno de México le pidió anuencia a la Madre Tierra para construir el Tren Maya, lo que significará deforestación, aunque sea parcial, de la Reserva de la Biósfera Calakmul, no tiene que acudir a un sesudo estudio de nuestros magníficos antropólogos; solo vea la película Avatar, de James Cameron. Esa es la razón principal por la que buena parte de la sociedad mexicana no reclamó mayormente; es decir, el asunto tiene que ver con formas de religiosidad modernas o posmodernas, más que con tradiciones indígenas. Es una recuperación típica de nuestras sociedades secularizadas que, más que abandonar creencias religiosas, las han transformado en búsquedas espirituales difusas, para encontrar respuestas a lo que el mundo surgido de la Ilustración, de la ciencia y del progreso material no ha podido responder, simple y sencillamente porque no es su vocación. Pero como hubo una utopía del progreso que generó sus propias expectativas, la religión se volvió a meter por esa hendidura e intenta dar respuesta a las angustias del ser humano.

Danièle Hervieu Léger, quien fue ya hace varias décadas mi profesora en Francia, ha escrito mucho sobre el tema. En un libro titulado El peregrino y el convertido; la religión en movimiento, lanzó una hipótesis sobre lo que sucedía con los creyentes en el mundo contemporáneo, en contexto cristiano. Argumentaba ella que, hasta hace poco, la figura del practicante era la referencia central de un modelo de religiosidad, a partir del cual se medía la intensidad de las creencias; si uno iba más o menos a los servicios de culto y cumplía con los requisitos establecidos por las Iglesias, entonces era alguien más religioso que otro que solo va a la Iglesia cuando las campanas tocan para él (bautizo, matrimonio o defunción). Pero ha habido un proceso de desinstitucionalización e individualización de lo religioso y esta “civilización parroquial” ha llegado prácticamente a su fin. Frente a ella está el modelo del “peregrino”, que es una metáfora del ser humano religioso en movimiento, aquel que está en una búsqueda espiritual, procurando darle significado a su propia existencia y construyendo la propia narrativa de su vida y de sus decisiones. Y esta búsqueda espiritual se intensifica cuando las sociedades alcanzan un determinado nivel de bienestar. Por eso, en realidad no hay mucha diferencia entre los devaneos católico-cristiano-nativista-new-age-juaristas de López Obrador y lo que hacen las señoras católicas que se suben a las pirámides a recibir energía cósmica en los equinoccios, o las que mezclan concepciones budistas y cristianas de la vida. Esto es parte de un bricolage dirían los franceses, un champurrado podemos decir nosotros, de creencias, prácticas y experiencias espirituales, en una búsqueda de respuestas que se ha incrementado en los últimos tiempos. Todo eso está muy bien, porque cada quien tiene derecho a esa búsqueda y a sus opciones religiosas o espirituales. Lo que no entiendo es por qué el Presidente cree que tiene derecho a mezclar esas creencias con los actos de gobierno.

roberto.blancarte@milenio.com

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