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Lunes , 22.04.2019 / 15:37 Hoy

Columna de Roberto Blancarte

Lo que diga su dedito

Roberto Blancarte

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¿Qué puede hacer un ciudadano común cuando ve que el Presidente de la República viola la Constitución, infringe las leyes y hace caso omiso de las recomendaciones de las comisiones de derechos humanos? ¿Qué puede hacer cuando sus principales funcionarios no se atreven a contradecirlo (aunque uno separa que están en desacuerdo) y más bien lo justifiquen, con argumentos más o menos insustanciales? ¿Qué hace uno cuando las masas le festejan todo a su líder y agreden a quienes se atreven a criticarlo? El peligro de la autocracia se acrecienta a medida que los pocos contrapesos se debilitan y mucha gente, desesperada por la violencia, la inseguridad, la desigualdad y la pobreza, no solo permite y tolera, sino que avala y hasta empuja las decisiones voluntaristas. El “lo que diga mi dedito” del presidente López Obrador corre el riesgo de pasar de una bufonada a un serio problema de empecinamiento antidemocrático y anticivilista.

Lo del mando militar en la Guardia Nacional no es solo una traición a lo prometido en campaña; constituye una desautorización a lo negociado por los propios líderes (si así se les puede llamar) morenistas en el Congreso y específicamente en la Cámara de Senadores, donde se había pactado, para alegría de todos o casi todos, un mando civil para dicho cuerpo militarizado. Así que el empecinamiento del Presidente, al anunciar el mando militar de dicho cuerpo, podrá presentarse como “realista” y “necesario”, pero solo abona al continuismo de una política fracasada y al fortalecimiento de los sectores castrenses, después de casi 100 años de acotamiento político posrevolucionario. Más allá de la enorme lealtad y extraordinario desempeño de nuestras fuerzas armadas, que casi todo mundo reconoce, lo cierto es que los organismos de derechos humanos, nacionales e internacionales, se preocupan genuinamente por esta deriva.

Lo mismo sucede en otros ámbitos, desde las estancias infantiles hasta la venta del avión presidencial. El presidente López Obrador no admite cuestionamientos ni mucho menos contrapesos. Lo cual provoca que todos quieran hablarle al oído, pues suponen que todo depende de él. Independientemente de si esto es o no cierto, esa es la imagen que el Presidente quiere cultivar; que todas las disposiciones las efectúa él y (supuestamente) nada escapa a su control: lo que diga su dedito. Todo ello genera congestionamiento y, al mismo tiempo, improvisación, en el proceso de toma de decisiones. La atrofia gubernamental y de la propia sociedad es evidente; a fuerza de querer hacer todo distinto, el país está medio paralizado y el tiempo sigue pasando. Ya no importa, a estas alturas, que López Obrador haya querido hacer casi juicios sumarios de los ex presidentes. Ahora él los protege. Con lo cual, la seguridad personal de ellos depende de él, no de alguna cuestión institucional; él da y quita (o quita y da).

No conozco mejor manera de terminar con la democracia y con un país de instituciones (defectuosas, si se quiere, pero penosamente labradas a lo largo de décadas y ciertamente perfectibles), que seguir haciendo lo que diga ese dedito.

roberto.blancarte@milenio.com

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