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Miércoles , 20.03.2019 / 07:46 Hoy

Artículo mortis

El paquete

Roberta Garza

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Gracias a la invitación del Comité para la Protección de Periodistas (CPJ) en Nueva York pude conocer a Ernesto Londoño, ganador de una mención honorífica en los premios de periodismo de la Universidad de Columbia por editoriales, acuñados para el New York Times, en los cuales el diario pedía cambios en la cerrada política de Washington hacia a la Isla. En la reunión mencionó una paradoja; siendo imposible romper la censura por los medios tradicionales de radio, tv o prensa que el Estado tiene copados, los periodistas ciudadanos, los blogueros y tuiteros, nacen por fuerza de las mismas entrañas del sistema: solo quienes trabajan o tienen cercanías con el gobierno disponen en Cuba de esa arma ciudadana que es internet.

Le pregunté si quienes se atreven a armar esos proyectos no están desperdiciando la valentía, pues gracias al mismo oscurantismo digital muy pocos en la Isla pueden leerlos o conocerlos. Me respondió que sí, que eso era un problema, pero que las noticias y las voces disidentes cada vez llegaban a más cubanos gracias al paquete.

El paquete viene siendo un disco duro externo contrabandeado de Estados Unidos cargado con las últimas películas, series, realities, música, revistas y, claro, algunas noticias del Imperio. Por poco menos de 10 dólares los domingos, dos dólares los lunes y martes y uno el resto de la semana, el cliente elige lo que quiere del menú —narcos, la adictiva serie de Netflix, está disponible— y lo baja a su computadora; una vez en tierra, el contenido derrama sus dones entre minoristas no autorizados que lo desmenuzan y revenden al infinito y más allá. Igual de ilegal aunque mucho más discreto que una señal satelital, el paquete pone al mundo al alcance de una población que, para paliar el aburrimiento o la frustración, tiene ahora opciones más allá del alcohol, la señal oficial o Telesur.

El negocio tiene poco más de cinco años operando y se ha convertido en el mayor empleador privado de Cuba. El gobierno, ante la inmensa popularidad del producto, ha elegido ver para otro lado y, para no mover las aguas, los responsables se aseguran de que los contenidos contrarrevolucionarios sean escasos, limitándose a un entretenimiento considerado inocuo. Que el modelo sirva para replicarse con material más delicado es irrelevante: los ciudadanos de Cuba han abierto sus casas a ese American Way of Life aspiracional y autocomplaciente que en la realidad cada vez existe menos, pero que en la pantalla brilla incandescente y seductor en cada vez más hogares cubanos. Y muy pocos ven que quien va a derrocar a los Castro no se llama Barack Obama, sino Bart Simpson.

Twitter: @robertayque

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