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Domingo , 19.05.2019 / 09:56 Hoy

La participación ciudadana, ¿una realidad?

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Actualmente, el país se esfuerza por llegar a nuevas condiciones para pasar, al fin, a un nuevo capítulo de su historia, uno en el que exista paralelismo de las ideas y de los ideales con los hechos y la realidad que estos conllevan; para ello, debemos pensar en lo que sucede en la educación, en la cultura, en las masas universitarias, mundo de nuestras letras, nuestro gobierno, nuestra política, nuestra sociedad, nuestras instituciones. Debemos pensar en lo que recientemente ha pasado en nuestra nación, lo que está pasando en este preciso momento y, sobre todo, pensar en lo que queremos que suceda mañana.

A lo largo de la historia, nuestro país ha tenido una ambigua realidad respecto al verdadero significado de la democracia muy a pesar de la intención del texto constitucional de 1917, el cual tuvo como origen los ideales democráticos de los constituyentes de Filadelfia –especialmente, en la idea de soberanía popular de Rousseau, en la teoría sobre la división y el equilibrio de los poderes de Montesquieu, y en la teoría del gobierno representativo y la necesaria operación de frenos y contrapesos en las relaciones entre instituciones fundamentales del Estado de los Federalistas (Alexander Hamilton, James Madison y John Jay)-. El sueño de constituirnos como una república democrática y representativa se vio quebrantado por las relaciones de poder y ello ha repercutido en el desarrollo de nuestro país, el cual ha sido episódico y escaso y ha terminado por ocultar el propósito de nuestro texto constitucional.

Es insoslayable que para que la democracia avance, deba existir un pueblo ilustrado e informado, y además evitar que la juventud y la niñez, quienes son piezas medulares del futuro de nuestra nación, se sientan atrapados en un panorama escéptico de la posibilidad de un cambio, causado por carencia de una figura que dirija con determinación a la sociedad y tenga capacidad para oponerse a la “costumbre” y “falsas promesas”, y ante la ausencia de ello opten -los jóvenes y niños- por el “indiferentismo”.

Resulta importante decir que para que nuestro país funcione bajo los principios de libertad, democracia, igualdad, soberanía popular, justicia, legalidad, seguridad y equilibrio entre los poderes que dirigen nuestra nación, es necesario que se construyan -o más bien reconstruyan- sus bases desde abajo; es decir, a partir de los intereses de la sociedad y no de los que representan el Estado y así pueda hablarse de una verdadera dirección nacional. Para ello, resulta indispensable que los individuos que conformamos la sociedad mexicana nos hagamos protagonistas de nuestra propia historia, dejando de esperar tranquilamente el “curso natural” de los acontecimientos que nos rodean y eliminar la expectativa de poder arribar a la participación ciudadana y empezar a vivirla como una realidad

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