A bote pronto: la remontada brasileña de Lula de 10.5 millones de votos entre la primera y la segunda vuelta presidencial, que le permitirá gobernar desde la izquierda por cuarta ocasión al país y a la economía más grande de Latinoamérica, tiene como sustento una combinación de movilización territorial con lucha digital sin tregua.
Es decir, una combinación política de territorio y aire, guiada por una narrativa cultural de nacionalismo y soberanía; todo ello sobre una plataforma de política económica y social que conjunta crecimiento económico con bienestar social, y que ha permitido en 8 años sacar de la pobreza y de las favelas a más de 33 millones de brasileñas y brasileños, mediante seis programas sociales universales con al menos un beneficiario en 80 por ciento de los hogares (el más popular y extendido, Bolsa Familia).
La primera vuelta la ganó Flávio Bolsonaro, con una narrativa muy de ultraderecha, acusando al gobierno de Lula de corrupto, estatista y aliado del crimen organizado (¿le suena esta cantaleta?), y quien obtuvo 56.1 millones de votos, mientras que Lula levantó 53.9 millones de votos. Con una tasa de participación similar a la primera vuelta, ganar la segunda vuelta requería que Bolsonaro obtuviera 3 millones de votos adicionales, mientras que Lula necesitaba de 8 millones por lo menos. Remontar se antojaba difícil para la izquierda, pero se logró. Lula obtuvo 10.6 millones de votos más que en la primera vuelta.
¿De dónde los obtuvo? Conforme a las primeras encuestas de salida, 4.5 millones habrían sido de abstencionistas que no participaron en la primera vuelta; mientras que los 6.1 millones restantes se habrían obtenido de las y los electores que en la primera vuelta votaron por los otros candidatos: Augusto Cury, Renan Santos y Ronaldo Caiado.
Movilizar al abstencionismo de la primera vuelta y formar una alianza “centrista” con el electorado de la primera vuelta que no votó por Lula fue el trabajo político estratégico que se hizo en tres semanas. A estas personas, Lula no les ofreció la oferta básica de la izquierda (su portafolio exitoso de programas sociales, por ejemplo), sino empleos bien pagados, mejor educación a la juventud de clase media, vivienda económica y salud pública universal y de mejor calidad.
En 10 de los 27 estados que forman Brasil, Lula obtuvo 60 por ciento de los votos adicionales. Es decir, exprimió a los estados simpatizantes (los del norte), y se metió a dar la pelea en los estados derechistas o bolsonaristas. Aquí la guerra digital fue clave.
Con Meta en abierta campaña a favor de Bolsonaro, el diputado André Janones armó un canal de WhatsApp, con 10.5 millones de seguidores, llamado “El Ejército de Lula”, donde más que responder los ataques, se dedicó a desnudar y desenmascarar a la derecha brasileña. Es decir, estuvo siempre a la ofensiva y con ello lideró la escucha social en las últimas dos semanas de la contienda. Audios, memes, reels, instrucciones de organización y todos los contenidos de la campaña fueron distribuidos masivamente y en segundos por todo Brasil. Allí fue donde el nacionalismo y la soberanía florecieron con fuerza y se tradujeron en votos.
La derecha no obtuvo la presidencia en Brasil, pero sí la mayoría en el Congreso. Desde allí buscarán bloquear al gobierno de Lula, pero eso ya será materia de otro capítulo.