A partir de la Revolución Francesa y el progreso de Estados Unidos como nueva nación independiente, la democracia fue la aspiración de Latinoamérica.
México, después de dos siglos, accedió a la democracia electoral en el año 2000.
Ahora, sin que haya cristalizado como forma de pensar y conducirnos, vivimos el desprestigio generalizado de la democracia.
Pero no son las ideologías ni las doctrinas las que fallan, son los gobernantes quienes las pervierten.
Norberto Bobbio dice que Platón veía la historia no como progreso indefinido; sino como regreso definido de lo malo a lo peor.
Platón clasifica las formas de gobierno en timocracia (honor), oligarquía, democracia y tiranía; y define como se corrompen los gobernantes según su tipo:
El timocrático, transforma su honor en ambición y deseo de poder; el oligárquico agudiza su avidez, y la ostentación descarada de su riqueza; el democrático, transforma la libertad en libertinaje e impunidad; y el tirano se vuelve arbitrario y violento.
Platón, pregunta: “¿Cómo se manifiesta la corrupción en el Estado? y responde:
Esencialmente en la discordia que arruina las ciudades: la discordia dentro de los dirigentes, y la discordia entre los gobernantes y los gobernados.
Si la unidad del Estado es el bien, la discordia es el mal y el inicio de la disgregación o escisión en partes antagónicas”.
Además, de lo aplicable de esa visión a nuestro caso, la desilusión de la democracia se agudiza por la desigualdad socioeconómica y la ausencia del Estado de Derecho.
Sin embargo, la democracia ha sido el mejor régimen que hemos tenido.
Por lo que debemos conservarla y fortalecerla en su forma pura: como el sistema donde todos participan con efectividad en las decisiones de gobierno, y el voto popular no justifica la paradoja de una tiranía democrática.
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