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Sábado , 20.04.2019 / 14:16 Hoy

Prácticas Indecibles

Te llaman

Rafael Pérez Gay

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He tratado de ocultarme, pero es inútil. El teléfono celular suena una y otra vez, y solo sirve para meter extraños en mi casa. Una mujer cobra deudas inexistentes los domingos a las ocho de la mañana. No miento, me había prometido dormir dos o tres horas más cuando sonó el timbre que me arrojó a la vigilia. Le colgué el teléfono después de una selección de insultos hirientes, los más ofensivos que pude encontrar en el cajón de la cólera.

Confieso que he tenido nostalgia del viejo aparato negro de baquelita, pesado como una roca, con un disco grande en el centro y un cordón corto conectado a la pared. Todos hablaban de pie sin moverse, o sentados en un banco, hablar por teléfono mientras se caminaba era una locura que no entraba en nuestras mentes encerradas en algún lugar de los años sesenta. Y si le dabas un golpe en la cabeza con el teléfono a un enemigo te pasabas veinte años en prisión acusado de homicidio doloso.

Hablan y hablan. Venden tiempos compartidos en el paraíso. Para asustar a la vendedora, le digo que sus playas son inseguras y que ruedan en la arena las cabezas de la violencia narco. Les importa poco, su entusiasmo es de cemento armado. Nunca he querido compartir nada y mucho menos el tiempo. No es que sea díscolo, pero mejor vamos a quedarnos cada quien con su tiempo y que cada quien haga lo que le dé su reventada gana.

En aquellas épocas felices en que los números de teléfono tenían seis dígitos, nadie llamaba a casa ni a los celulares. Tener una línea, así se le llamaba a la conexión telefónica, podía tardar meses en llegar a tu casa. Nos cortaban el teléfono y la casa permanecía incomunicada. Un día llegó un aparato blanco y se armó un escándalo: un teléfono blanco, ¿los diseñadores se han vuelto locos?

Cuando reconectaban el teléfono, mi madre le llamaba a su hermana Eva. Ya te puedo hablar, le gritaba como si no existiera el teléfono. Acto seguido, le dictaba el número y colgaba. No quiero volver al pasado, pero extraño ese tiempo en que no había bases de datos. Hoy se compran los listados en las narices de las autoridades a las que les vale un soberano cacahuate, como diría mi madre. ¿Nadie corregirá esta locura? Tengo miedo de contestar.

rafael.perezgay@milenio.com

@RPerezGay

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