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Viernes , 22.03.2019 / 01:01 Hoy

Prácticas Indecibles

Sueños

Rafael Pérez Gay

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Sueño a mis muertos con extraña frecuencia. Dicen los que saben que así son los duelos, un trabajo lento de amor y desamor. En esos escenarios oníricos increpo a mi padre de una forma grosera. Me llama la atención que lo confronte así por asuntos que en la vida de la vigilia le perdoné desde hace muchos años cuando pacté con él una paz del alma que nos llevó a pasar buenos tiempos. Ahora me preocupan estos sueños: ¿y si nunca le perdoné sus pecados capitales? ¿Si me engañé todo este tiempo con un velo de serenidad inexistente? Despierto en la oscuridad, más solo que nunca, y repaso el sueño y pienso que he sido injusto con mi padre. Tal vez esa sea la función de los sueños, revelar nuestra fragilidad e iluminar nuestras mentiras.

Aprecio la literatura de J.B. Pontalis, el psicoanalista, filósofo y escritor francés que nació en 1924 y escribió con Laplanche el célebre Diccionario del Psicoanálisis. Entre los libros de Pontalis, me gustan en especial los dedicados a sus sueños. Uno de ellos se llama El que duerme despierto (Andrea Hidalgo, 2007). Me pregunto si mis sueños son eso, momentos de luz y sombra que buscan una verdad inexistente. Quizá nunca estaré repuesto de mis pérdidas. Probablemente nadie se repone de sus ausencias.

En mi sueño recurrente siempre es domingo. Le reclamo a mi padre que abandone la casa a eso de las seis de la tarde. Siempre supe que se liberaba del yugo de los domingos en otro lugar y con otra familia mientras nosotros quedábamos presos ante la televisión. Esto no es muy grave, todos hemos sido una vez maestros del egoísmo, pero en el sueño no perdono, lo arrincono, le digo cosas horribles. En sueños soy inexorable.

En mi vida adulta solo agredí a mi padre una vez, un día en que le gritó a mi madre majaderías que no pude soportar. Él era viejo y yo joven, lo arrinconé, lo obligué a retirarse. La cosa italiana se nos daba muy bien. Lo vi sentarse viejo y vencido ante la defensa de mi madre. Mi papá era un nudo de emociones sin rumbo. Esa escena se repite con variantes en mi sueño.

Leí una hipótesis interesante. En los sueños todos los personajes somos nosotros y nadie más. Si esto fuera cierto, el hombre al que agredo con grosería no es mi padre, soy yo. ¿Por qué lo hago? ¿Me debo algo?

rafael.perezgay@milenio.com

Twitter: @RPerezGay

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