• Regístrate
Estás leyendo: Informales
Comparte esta noticia
Sábado , 20.04.2019 / 22:13 Hoy

Prácticas Indecibles

Informales

Rafael Pérez Gay

Publicidad
Publicidad

En una mesa de amigos hacíamos apuestas sobre el futuro del proyecto de Zaldívar en la Suprema Corte y el consumo recreativo de la mariguana exigido por un club de adeptos a la cannabis. Era una terraza de un bar de la colonia Condesa. Dos vendedores de lotería nos invitaron a comprar su suerte, terminaciones en 9 y 6. Nunca compré billetes, en cambio mi padre gastó dinerales en busca de algo que lo redimiera. No voy a hablar ahora de ese asunto.

Todo marchaba sobre rudas y ruedas hasta que un hombre moreno nos ofreció telas diciendo esto: Vendo robas de la India (traducción: vendo ropa de la India). No recuerdo ropas nuevas y originales en mi infancia, siempre fueron de segunda mano, la única que yo conozco bien a bien. Por eso el título del libro de cuentos de Enrique Serna siempre me hechizó: Amores de segunda mano.

En la mesa de la terraza que ocupábamos, un grupo de amigos disparaba al aire dicterios al gobierno. Cuando la sombra se hacía cargo de la escena, un vendedor de miel y propóleo rompió el eco retórico; yo se lo agradecí y le compré medio litro de una miel espesa que no sé para qué sirve la maldita cosa. Usted traga la cucharada y se ahoga. ¿Quiere usted un pan con miel? Aquí hay, venga, no se diga más. Miel espesa.

Dos músicos cantaban acompañados por sus guitarras historias de amor imposible. Un señor vendía agujetas y plantillas. Agujetas nunca faltan, diría mi madre. Compré cuatro pares, dos negras, dos cafés.

Amigos que no me malquieren me han dado clases de comercio informal, pero la verdad es que quizá yo podría darles a ellos esas clases, sin costo alguno desde luego. Cuando tuve este pensamiento oscuro, dos ciegos avanzaron hacia nosotros con su bastón de aluminio. Pensé: nos rompen la madre los ciegos y nosotros ni en cuenta.

El vendedor de relojes se acercó a la mesa, si usted ve esas piezas del tiempo se va de espaldas. Un Patek Philippe, precioso, 400 pesos. ¿Usted lo compraba o no? Yo sí. La carátula te come la mirada. Le dije al vendedor: oiga éstas son imitaciones auténticas. Exacto, me respondió dibujando en su rostro la sonrisa de un vencedor.

La muchacha lloraba con una facilidad que habría envidiado Carmen Montejo. Murió mi padre en Querétaro, ¿me ayuda?

Ya en serio, ¿tengo cara?

rafael.perezgay@milenio.com

Twitter: @RPerezGay

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.