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Sábado , 20.04.2019 / 06:13 Hoy

Hormigas

Recompensas de Alar

Porfirio Hernández

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En la vida cotidiana, de vez en cuando salta la pregunta "¿cuál es tu libro favorito?".

Aunque mi primera respuesta suele ser que no sabría reducirlo a uno nada más, en la soledad de mis horas sé que sólo hay uno: la historia de Alar el Ilirio, escrita por el colombiano Álvaro Mutis (1923-2013) con el nombre de "La muerte del estratega" y publicada originalmente en 1985 por Procultura y en 1988 por el Fondo de Cultura Económica.

Ese es, a mi parecer, el relato mayor de su amplia obra, que abarca el ensayo, la poesía y la narrativa de dos alientos: el cuento y la novela, hasta formar un extraordinario reino literario, acaso desigual por su osadía de explorar siempre sus límites, antes que repetirse en la aburrida fórmula de sus certezas.

Elogiado por la saga de siete novelas de su personaje Maqroll el Gaviero, Álvaro Mutis no se dejó limitar por éste: exploró siempre vertientes que le permitieron dejar por escrito su amplio catálogo de curiosidades: desde la Francia preilustrada hasta Conrad -como lo atestigua la manufactura de su hermosa novela "La última escala del Tramp Steamer" (1988)-, sin dejar de lado sus testimonios desde la cárcel en el "Diario de Lecumberri" (1960) y muchos intereses más.

Sin embargo, es la prosa afilada y profundamente expresiva de "La muerte del estratega" la que se rendirá a su inmortalidad en mi memoria, por ser no sólo una delicada historia de amor, sino sobre todo una lectura estética de la historia de Bizancio, la llamada Roma de Oriente.

Léase como un elogio que si hemos de empezar a leer la historia de Alar, estratega de la emperatriz Irene en el thema de la lejana Lycandos, debamos tener presente al mínimo la historia de la escisión del Imperio Romano, la implantación del Cristianismo y la guerra de las Imágenes.

Hay, pues, un contexto, que apreciaremos más con los detalles del narrador que nutre de fisonomía y profundidad psicológica al protagonista y su drama interior: su desapego a todo fervor religioso, su lealtad a la milicia y a la emperatriz, su cuestionamiento de la divinidad, pero sobre todo, su amor por una mujer que está situada más allá de su voluntad personal.

Una lección de maravillas encuentra uno en este relato: una prosa decantada, de una serena respiración, poética sin perder su cualidad narrativa, personajes perfectamente delineados y una descripción de la muerte como pocas.

Hay también una visión de la historia que reivindica a nuestros antecesores y los sitúa en la línea de sus pasiones, que son nuestras, y de sus principios filosóficos, que quizás hemos perdido.

Esos razonamientos están en un pequeño libro que he terminado de releer esta tarde: "La muerte del estratega y tres conversaciones con Julián Meza", editado en 2007 por la UNAM, el FCE y El Equilibrista (DGE Ediciones).

Te invito a que lo leas.

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