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Sábado , 23.02.2019 / 03:33 Hoy

Hormigas

Mi hábito de leer

Porfirio Hernández

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A partir de los cuatro años, comencé a vivir cerca de los libros, gracias a mi tutor Armando Hernández Ledesma (1929-1984), con quien viví hasta su muerte, y quien formó en mí el hábito de leer por placer, acercándome libros de los más variados temas que, por entonces, estaban a la venta en las sucesivas librerías que tuvo, en Guadalajara, Jalisco.

Pasaba las mañanas entre libros; alternaba los juegos y las tareas escolares con la lectura, primero de libros ilustrados, luego, cada vez más, de puro texto. Conocí la novela de aventuras, de misterio, policiacas y de terror. Cada mañana era una experiencia de lucha con mis emociones, producidas por el heroísmo del protagonista al riesgo inminente de ser aniquilado… Debo decir que leer la descripción de experiencias al límite en las novelas de Salgari, Verne, Dickens, Conan Doyle, Twain, Chesterton y Stevenson representaba un desafío para mi capacidad de comprensión: había en todo ello algo que me superaba, no en cuanto a las situaciones que leía, sino en la profundidad y trascendencia de éstas. Formábase en mí un complejo cuadro de referencias que, aún sin entender del todo, encontraba como propio y con el cual jugaba a poner en la escena de mis pláticas con otros que también leían.


Formaba, pues, parte de mi identidad. Pero, ¿qué había de verdad en ello, si todo era inspirado en la fabulación de otras vidas, otras circunstancias, otros paisajes, completamente alejados de mi realidad infantil? Crecer como lector equivale a dar respuestas cada vez más certeras a la flama que arde dentro de cada uno, cuando al pasar las páginas de un libro se afianza la curiosidad, o se rechaza la comodidad de cursar una frontera superada antes…

Se vuelve a los libros una y otra vez, como se está seguro de alimentarse al día siguiente. Se trata, pues, de certezas adquiridas. A eso se le llama tener el hábito de leer, y se forma a base de vivir las emociones que genera, la sed que ha de satisfacerse y el encantamiento de ver terminado un libro más: habrá quienes cuenten el número de páginas que les faltan para concluirlo, o quienes demoren a propósito ese momento; se gana y se pierde en la lectura, como en todo, pero no definitivamente: siempre habrá un nuevo libro por leer.

Desde esta óptica me pregunto: toda estrategia de lectura promovida por los gobiernos ¿no debería ser cada vez más precisa en su instrumentación y más integral al mismo tiempo? De eso seguiremos hablando aquí, pues es todo un tema que merece nuestra atención.

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