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Martes , 19.02.2019 / 23:41 Hoy

Visión Social

Sumisión o rebeldía

Pedro Miguel Funes Díaz

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En la actitud de los cristianos de los tiempos apostólicos podemos encontrar luces para importantes cuestiones éticas que surgen, y seguirán surgiendo, en lo relativo a la autoridad política y la obediencia a ella debida por parte de los ciudadanos. 

Si consideramos algunos textos del Nuevo Testamento alguien puede llevarse la impresión de que la propuesta cristiana era, sin más, la de la sumisión al poder establecido, mientras que si consideramos otros más bien alguien podría decir que los cristianos constituían un reducto rebelde y opuesto al orden establecido.

San Pablo exhortaba a los cristianos de Roma a someterse a las autoridades superiores porque esto respondía al orden establecido por Dios y menciona incluso el deber de pagar los impuestos (cfr. Rm 13, 1-7). De la misma forma, san Pedro exhortaba a permanecer sometidos a las instituciones humanas “a causa del Señor” (cfr. 1 Pe 2, 13-17). 

En ambos casos cabe decir que se trata no de una sumisión pasiva, sino por razones de conciencia, ya que se debía buscar el bien de todos los hombres y por ello estos apóstoles destacaban el principio de que la autoridad está al servicio de la persona. Someterse a las leyes significaba colaborar en lo que hoy llamamos bien común.

Sin embargo, los tiempos no eran fáciles para los cristianos de aquellos tiempos y, aunque se esperaba que la autoridad política garantizara la paz, de hecho se comenzaban a desatar las persecuciones que acabarían con la vida de muchos creyentes. 

En medio de tales dificultades, de todos modos había que hacer oración por los gobernantes y estar dispuestos a las buenas obras. 

Pero aquí encontramos también otra perspectiva, que se manifiesta en el libro del Apocalipsis: se trata del reclamo contra un estado, el Imperio Romano, que se auto-divinizaba y reclamaba una sumisión más allá de los límites éticos permitidos. 

El estado se convertía en una bestia ebria de “la sangre de los santos…”. frente a cuyo poder abusivo se planteaba la resistencia hasta el martirio (cfr. Ap 17, 6).

El cristiano, y en realidad todo hombre, se mueve entonces entre la justa y debida sumisión en conciencia a la autoridad política porque ella tiene su razón de ser en la consecución de la paz por una parte y, por la otra la rebelión y la denuncia ante los abusos de una autoridad que sobrepasa sus propias atribuciones y pretende convertirse en dueño hasta de las conciencias. 

Ambas posibilidades y actitudes dependen de la evaluación de la realidad y las circunstancias que la conciencia debe sopesar.

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