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Domingo , 21.04.2019 / 19:28 Hoy

Visión Social

Matrimonio y familia

Pedro Miguel Funes Díaz

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La sociabilidad natural del hombre se vive primero en la familia y ahí se desarrolla de modo tal que en los casos en que esta falta o sufre graves deformaciones se pone en serio riesgo el futuro de la persona que se encuentra en esta situación. La contribución de la familia es insustituible. Las instituciones de beneficencia privada o pública indudablemente hacen un bien enorme atendiendo a quienes por desgracia se ven privados de la oportunidad de crecer en familia. Pero estas beneméritas instituciones, sin embargo, nunca se pueden equiparar a la familia. Su trabajo de es admirable y tenemos obligación de apoyarlo todos, pero siempre será un tentativo de remediar una situación que de por sí no debía existir.

La sociedad humana debe tener como punto de referencia la familia, donde es normal que ninguna persona sea vista como medio para alcanzar otras metas, sino como fin en sí misma, como alguien que debe desarrollarse y alcanzar sus metas, alguien con quien relacionarse en el mutuo respeto y con quien se comparten las alegrías y las penas. Todos sentimos la necesidad de contar con nuestra madre y nuestro padre, con un hermano o hermana, especialmente en los momentos más significativos de la vida.

La sociedad debe proteger y reforzar las familias, porque en ellas se forma la base humana que permite establecer los necesarios lazos de amistad con los demás y los lazos que forman el entramado de relaciones escolares, laborales, deportivas, culturales y de todo género. Es claro que el bien de la sociedad no puede prescindir del bien de la familia. En la familia precisamente se transmite el patrimonio de una nación y en ella se descubre la solidaridad.

Ya que la familia tiene un lugar prioritario respecto a la sociedad, y en particular respecto al Estado, ella es sujeto de derechos inviolables que no le son otorgados gratuitamente por la autoridad a través de una legislación. Al contrario, las leyes de un Estado deben reconocer y proteger esos derechos, porque la familia no está en función del Estado, sino éste en función de ella.

Al Estado no le está moralmente permitido determinar la naturaleza de la familia y de la comunidad de donde surge, que es la comunidad conyugal. El matrimonio es una realidad peculiar y determinada, no es una criatura del estado sino que se encuentra definido por lo que el ser humano es en cuanto tal. En este sentido, las uniones entre un hombre y una mujer que se entregan el uno al otro por toda la vida para asistirse mutuamente y fundar una familia, tienen derecho a un nombre y a una legislación que no sean ambiguos y que reconozcan sus elementos esenciales.

Para los católicos, el matrimonio es además un sacramento. Esto significa que creemos que quienes en la Iglesia acceden a él reciben también una gracia especial que los santifica y ayuda a salir adelante. Desde esta perspectiva el matrimonio significa el amor de Cristo y de la Iglesia, por quien ha dado la vida.

Algunos piensan que defender el matrimonio y la familia es cosa de católicos. Al menos no debía ser así. Ciertamente el católico tiene razones propias que lo impulsan a buscar el bien común, pero la promoción del verdadero sentido del matrimonio y de la familia es algo simplemente humano.

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