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Domingo , 19.05.2019 / 18:35 Hoy

El desafío del pensar

Para navegar abismos

Paulina Rivero Weber

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En un magnífico cuento Ignacio Solares presenta a un capitán que se lanza a altamar y cuando recibe el mapa con las instrucciones de navegación, resulta que está en blanco. Apenas se llega a distinguir una que otra indicación, pero no hay instrucciones claras para llegar a un puerto seguro; aun así hay que atravesar el mar. Para mí de eso trata la vida.

Se me dirá “pero en la vida existen muchas instrucciones para llegar a buen puerto”, el cristianismo, por ejemplo, las resume en 10 mandatos. Existen otras más que se venden en librerías y reportan buenas ganancias.

“¡Hay un dios!”, dicen unos, “¡hay un sentido único!”, argumentan otros, mientras los más sublimes señalan que “¡hay una verdad absoluta!”. Como decía Nietzsche, cuesta mucho romper ese esquema religioso y aceptar el abismo de la ausencia de valores absolutos a nuestros pies por una razón: olvidamos que tenemos la capacidad de sobrevolarlo.

Si aceptamos que somos como hormigas en un universo inconmensurable suceden dos cosas: primero, nos sentimos muy solos y desprotegidos en el universo, pero en segunda nos sentiremos libres de toda verdad ética o moral establecida. Libres para crecer y hacer nuestras propias normas morales.

¿Cómo crearlas? Deliberando, diría Aristóteles: Se trata de pensar e investigar para decidir por qué elegir una cosa y no otra. ¿Cómo escoger? Seleccionado aquello que me haga bien mientras que no dañe a otros ni a mí misma, eso me está permitido. Eso no lo decía Aristóteles, lo digo yo: No dañar es el límite indiscutible, la regla de oro, el factor limitante de toda voluntad.

Mientras una persona no dañe a nadie, comenzando por sí misma, todo le está permitido.

Tan vasto el mar como el abismo; tan peligroso es navegar sin instrucciones como sobrevolar abismos. Para unos hay arrecifes, para otros hay alas rotas, pero éstas sanan y vuelven a volar y los barcos se construyeron para cruzar el mar, no para permanecer anclados.

La aventura de vivir conlleva la de pensar y crear nuevos valores. Asumirnos sus creadores quizá nos haga capaces de enseñar al mundo lo que en The Descent of Men Darwin consideró la norma moral más elevada: la empatía hacia todo ser sintiente.

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