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Miércoles , 24.04.2019 / 19:59 Hoy

Columna de Pablo Ayala Enriquez

Recuperar la prudencia

Pablo Ayala Enríquez

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A mediados de la semana pasada, el cártel de Santa Rosa de Lima colgó una manta con la siguiente advertencia: “… te exijo que ya saques a chingar a su madre a la Marina, Sedena, gendarmería y fuerzas del estado, si no te voy a matar junto con gente inocente para que vea que esto no es un juego…”. La respuesta del Presidente fue: “No haremos caso a ningún acto de intimidación. Tenemos nuestra conciencia tranquila. Vamos a seguir con el programa de transformación. Se va a acabar con la corrupción”.

¿Qué quiere decir López Obrador con “No haremos caso a ningún acto de intimidación”? ¿En verdad tiene la “conciencia tranquila” cuando puede morir gente inocente? ¿Su estrategia táctica es desoír la amenaza? ¿Su respuesta es reflejo de alguna virtud?

Visto desde una perspectiva ética, su postura está más cerca del vicio que de la virtud, del yerro que del acierto, de la irresponsabilidad moral, de ese actuar que trae muy pocos réditos sociales y que, llevado al extremo, podríamos lamentar. Me explico.

En el Libro III de la Ética a Nicómaco, Aristóteles define “la virtud del valor” como “un término medio entre el miedo y la temeridad”. Así, la virtud que encarna el valiente se encuentra a medio camino entre la cobardía y la osadía insensata.

De todos los males que podemos enfrentar, Aristóteles pensaba que la muerte era el más temible, de ahí que “tampoco es valiente el que no tiene miedo de estas cosas. […] De los que pecan por exceso, el que peca por falta de temor carece de nombre; pero sería un loco o un insensible el que no temiera nada, […] El que peca por exceso de confianza respecto de las cosas temibles es temerario”.

Sabiendo cómo se las gastan los cárteles, considero que la respuesta del Presidente no solo es imprudente por temeraria, sino porque pone en riesgo su vida y la de otros.

Ciertamente, López Obrador está tomándole el pulso al ejercicio de gobierno. Está calibrando sus instrumentos, afinando el blanco. Sin embargo, para actuar con responsabilidad deberá recuperar la prudencia. Deberá, como dijo Aristóteles, actuar como el buen arquero que sabe dar en el blanco: estirar la cuerda y dejarla en el justo medio, para que las flechas que de ahí salgan lleven la fuerza del valor y no la tensión desequilibrada que se deriva del vicio.

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