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Martes , 23.04.2019 / 05:28 Hoy

Columna de Pablo Ayala Enriquez

“No se culpe a nadie de mi muerte”

Pablo Ayala Enríquez

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Las acusaciones de acoso y violencia sexual en contra del cineasta norteamericano Harvey Weinstein pusieron en la agenda mediática el movimiento que la activista social Tarana Burke denominó en 2006 como Me Too. Desde ese entonces, a través de la red, miles de mujeres han tenido la posibilidad de ser escuchadas, denunciar a quienes las acosan en centros de trabajo y estudio, y motivar a otras mujeres para que denuncien cualquier vejación contra su integridad física o moral. Sin duda, como herramienta de denuncia, el movimiento ha sido extremadamente eficaz para visibilizar un sinnúmero de bajezas crueles e innombrables.

Con todas sus bondades, Me Too no puede escapar de sus claroscuros. El suicidio de Armando Vega Gil, fundador de Botellita de Jerez, es prueba de ello. Me explico.

Después de afirmar categóricamente la falsedad de la acusación hecha por quien le denunció, Vega Gil reconoció el valor del derecho inalienable a la denuncia, ya que este permite que "las mujeres alcen la voz para que este mundo podrido cambie […] pues las mujeres, aplastadas por el miedo y la amenaza son las principales víctimas de nuestro mundo".

Sin embargo, cuando la denuncia se hace desde el anonimato, las posibilidades de hacer justicia se estrechan extraordinariamente, porque al no tener reglas y responsabilidades claras, las redes se vuelven juez y parte. En su violenta, ponzoñosa y fulminante viralidad, incluso hasta quien no es culpable puede ser su víctima.

No tengo elementos para asegurar que el suicidio de Vega-Gil, como él mismo dijo, no debe entenderse como "una confesión de culpabilidad […] sino [como] una radical declaración de inocencia". Mucho menos tengo elementos para afirmar que con su irremediable decisión haya podido "dejar limpio el camino que transite" su hijo en el futuro, porque ahora lo deberá caminar en la orfandad.

En mi desasosiego, lo único que entiendo es que el Cucurrucucú, además de no haber podido controlar esos fieros demonios internos que le desataron las redes, optó por la vía más radical, la misma que eligió Sócrates cuando fue acusado de "pervertir a la juventud y no creer en los dioses"; murió por la injusticia, no por cometerla.

La gran diferencia es que Sócrates demostró su inocencia ante un jurado. Armando Vega-Gil cambió al jurado por el embeleso de sus despiadados demonios: "eres polvo"; "no hay salida"; "tu vida está detenida

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