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Lunes , 25.03.2019 / 13:04 Hoy

Fuera de Registro

Exigimos preguntas

Nicolás Alvarado

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He leído mucho a Alfonso Reyes pero no lo he leído todo. Y es hasta ahora que conozco esa Cartilla moral de la que el gobierno federal acaba de hacer una reedición para su distribución masiva.

A despecho de lo vertido por detractores que parecen seguir sin leerla, no se trata de un texto cristiano, ni de uno tóxico: es uno claramente laico, respetuoso de la dignidad humana con independencia de origen étnico, filiación política o preferencia sexual. (Se antoja posible que, pongamos, un menonita transgénero ateo priista esté de acuerdo con buena parte de lo que prescribe). Tampoco parece misógino: si bien usa el sustantivo “el hombre” cuando hoy diríamos “el ser humano” —no vivió Reyes en tiempos del lenguaje políticamente correcto—, sus preceptos parecen dirigidos a cualquier género, sin postular la superioridad de uno. Si por algo puede resultar discriminatorio es por edad —postula el respeto como algo que deben más los hijos a los padres y los menores a los mayores— aunque bien valdría leer en tal concepción los valores del 1944 en que fue escrita. A nadie hará daño su lectura, pues. Pero tampoco parece susceptible de hacer mucho bien.

La Cartilla moral tiene también no poco de simplista y reduccionista en varias materias. Así cuando plantea todo acto como resultante de una disyuntiva binaria, exenta de matices. Así cuando condena el exhibicionismo y la afectación, lo que podría suponer una descalificación de muchas obras de arte, incluidos —¡ay!— muchos textos alfonsinos. Así cuando habla de moral, cultura y civilización en singular, y de la verdad como absoluto. Así cuando postula el deber de defender la propia patria en caso de conflicto entre naciones (¿era, por ejemplo, el de un buen alemán en los años 40?). Así cuando censura cualquier daño a la naturaleza en un ecologismo tan temprano que no pasa por la sustentabilidad.

Lo que ofrece la Cartilla son certezas incontrovertibles, que poco ayudan a formar ciudadanos que no lo son sino de manera activa, a partir del pensamiento crítico. ¿No sería mejor entonces plantear problemas y fomentar su debate que ofrecer bienintencionadas respuestas?

Nomás pregunto.

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