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Jueves , 25.04.2019 / 21:07 Hoy

Columna de Miguel Zárate Hernández

Prensa e intolerancia

Miguel Zárate Hernández

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La libertad de prensa no está pasando por sus mejores momentos. La clase política no cesa en atacar a los medios e incluso a periodistas en particular cuando les resultan incómodos o críticos. No es el caso, desde luego, considerar a la prensa infalible, pero, en verdad, fue, sigue y seguirá siendo el contrapeso más efectivo a los abusos del poder público. De ahí que defender dicha libertad es prácticamente preservar un elemento inmanente a todo espíritu genuinamente democrático.

Lo que preocupa es que los posicionamientos abiertos contra esta libertad no son ya privativos de los regímenes dictatoriales que, por razón lógica, ven en ella al peor de los rivales y, como sucede en naciones totalitarias de todos los continentes, buscan de plano, sustituirla, suprimirla, acallarla y hasta desaparecerla. Nos sorprende ahora que Venezuela cierre estaciones de radio y televisión y algunos periódicos que, considera “antirrevolucionarios” pero basta con echar un ojo al pasado de México para advertir que dicha libertad sufrió acosos inconcebibles para la mentalidad presente. Incluso el hoy afamado periodista mexicano-estadounidense Jorge Ramos Avalos argumenta que en su juventud y tras egresar de la Universidad Iberoamericana, tuvo que irse de nuestro país, dijo, por la falta de garantías al ejercicio de tal libertad allá por los ochentas, lo cual fue en la transición de los gobiernos de López Portillo, De la Madrid y Carlos Salinas. Y esto no estaba nada alejado de la realidad.

Sin embargo, el problema ya no está focalizado en países sometidos a gobiernos autócratas. Aunque lo venos a distancia, el caso del que podríamos considerar primer “rey de los hackers”, Julian Assange, si bien tiene implicaciones jurídicas controversiales, es ante todo un símbolo dentro de la libertad de expresión y de información. Pero, claro, aunque ya ha pasado casi una década desde que penetró en los secretos de la CIA y del Pentágono para descubrir, a través de su red llamada “Wikileaks”, las atrocidades cometidas por norteamericanos en Afganistán e Irak, así como muchísimos, miles de documentos comprometedores del gobierno de Estados Unidos, nadie pensó que el tiempo iba borrar el ánimo de venganza que concretó, tristemente, con su reciente detención en Londres y sin duda su inminente extradición a la Unión Americana.

Pero qué mayor ejemplo puede haber de que la libertad de prensa, de la que se jactan en el vecino país, ha sido severamente vulnerada, que la actitud del presidente Trump, quien tiene una alergia e intolerancia ante toda crítica y casi cotidianamente descalifica a los medios (algunos de manera muy particular), expulsa periodistas y se acaba en “twitters” a los que considera, de plano, los “enemigos del pueblo norteamericano” y asume, cosa curiosa, el papel de “víctima” de una conspiración de los medios en su contra.

Lamentablemente esto también sucede en nuestro país. Los enfrentamientos -algunas veces soterrados y otras prácticamente abiertos- del presidente Andrés Manuel López Obrador, con algunos medios concretamente, revelan también el contagio de esa intolerancia. Desde el mismo estrado donde informa y también pontifica todas las mañanas, ha proferido continuos señalamientos a la que considera prensa “fifí” o “conservadora” y pierde incluso la compostura cuando acusa de que quienes lo critican, a su parecer en cambio “protegían” a Salinas, Zedillo y bla bla. Aunque, se nota, hay muchos medios más a modo en sus reuniones matutinas que críticos, no deja de ver conspiraciones (“complós” pues), entre quienes ponen en evidencia situaciones que no le favorecen. El periodista Ramos, quien representa a una de las dos cadenas más importantes de habla hispana en EU y que, por cierto, está considerado por una influyente revista entre los “cincuenta políticos y periodistas más importantes de Estados Unidos”, se puso al tú por tú con el presidente en su “mañanera”, y vaya que salieron chispas en las discrepancias de criterio. El colmo, claro, es que AMLO confunda responsabilidades con las del ejercicio público, ya que había estado exigiendo a un medio que reveló las famosas cartas al rey de España y al Vaticano, que diera por “transparencia” recíproca sus fuentes.

Estas verdaderas aberraciones también se dan en Jalisco. Hemos visto, poco a poco si se quiere, más centrado al gobernador Enrique Alfaro e incluso con aceptación de algunas fallas en su todavía incipiente administración, como pasó en su reunión con el tema del Instituto de las Mujeres, pero de repente se lanza con todo contra quienes considera sus detractores, “las mismas plumas, las mismas voces, los mismos medios, con los mismos cuentos de toda la vida”, según dijo en un recorrido por Tlajomulco. No es nuevo, el mismísimo Alfaro hace tiempo llamó incluso “basura” a algunos periódicos locales y reitera, una y otra vez, que a él no se le puede cuestionar “porque no seré igual que otros”. La intolerancia, pues, es toda una pandemia.

Lo mejor y lo deseable es que se reflexione un poco antes de hablar y vociferar contra las “incomodidades” de la prensa. Cada medio, cada periodista, sabe que su profesión implica sus propios deberes, principalmente con la verdad y con el servicio a su público. Es tiempo que el poder público “se serene” y vea que la prensa puede hacer también mucho bien, incluso al poder, si se le deja ejercer su trabajo con libertad, respeto, protección y tolerancia.

miguel.zarateh@hotmail.com

Twitter: @MiguelZarateH

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