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Viernes , 22.02.2019 / 21:46 Hoy

Bambi vs. Godzilla

El humanismo incomparable de Sean Baker y "El Proyecto Florida"

Maximiliano Torres

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Política y poética, confrontativa y escapista, realista y fantasiosa, todo ello sin anular o contradecir sus aciertos, El Proyecto Florida, de Sean Baker, es un enorme ejemplo de la creatividad que necesita el cine de esta era. Lo es por la elección de su temática, por el ángulo desde el que la aborda y por la relatividad con que nos hace apreciar su devastadora premisa.

Con trama mínima pero mostrando fragmentos que dan a entender todo sobre sus personajes, El Proyecto Florida presenta a un sector demográfico quizá nunca antes retratado por el cine americano y que en Estados Unidos se conoce como “The Hidden Homeless”; familias que no viven en la calle pero que difícilmente pueden costear hospedaje provisional en moteles de bajo costo. Se les llama así (hidden: ocultos) debido a que no aparecen en las estadísticas sobre personas en situación de calle. La comunidad de hidden homeless que inspiró a Sean Baker vive a las afueras del parque Walt Disney World, muy cerca de Orlando, Florida, en un motel llamado The Magic Castle. La lucha de los inquilinos por vivir al día se va ventilando en segundos planos, mientras vemos a sus hijos pequeños vagar por la calle sin la supervisión de adultos; solo a veces vigilados de reojo por Bobby (Willem Defoe), el gerente del motel. La pandilla de niños que hace de esta zona hotelera de clase baja su propio parque de diversiones está integrada por Mooney, Jancey y Scotty. A veinte kilómetros del lugar más feliz del planeta, estos chicos se las ingenian para disfrutar el verano, asimilar su situación familiar y, en el caso de Mooney, tener la misma madurez que su madre, Halley, quien consigue pagar la renta semanal de su cuarto estafando a los turistas.

Cualquier sospecha de cursilería y chantaje moral que levante la premisa de este drama se disipará en sus primeros minutos. Combinando en su elenco a no actores, actores profesionales e incluso civiles, filmando sin la estructura hollywoodense de los tres actos, ni giros dramáticos o arcos de transformación de personajes, el estilo de Sean Baker para dar visibilidad a poblaciones marginadas en historias radiantes bien podría ser marca registrada.

A diferencia de otros maestros del realismo social (Mike Leigh, Ken Loach, Andrea Arnold, Kelly Reinhardt o los hermanos Dardenne) que atribuyen melancolía y ansiedad a la condición socioeconómica de sus personajes, Baker permite en sus protagonistas personalidades luminosas. Para entender lo cruel que es su supervivencia no hace falta verlos sufrir de maneras obvias. Mooney y su madre (las debutantes Brooklyn Prince y Bria Vinaite perfectamente elegidas para cada rol) al igual que sus pequeños vecinos, experimentan y dan significado al mundo independientemente de su estrato social. Calificarla de optimista o decir que tiene esa visión por estar contada con la inocencia de una niña sería incorrecto. Casi todas las escenas de El Proyecto Florida son tan divertidas como desoladoras, y es la habilidad de Baker para colocarnos en ambas dimensiones (la adulta y la infantil) lo que la hace única.

Este concepto de temática fuerte amortiguada por una narrativa astuta y relajada comienza desde el título de la película. El Proyecto Florida es, originalmente, el nombre que Walt Disney le dio a la construcción del parque que abriría en Orlando en 1971 para operar en secreto y adquirir los terrenos por debajo del precio del mercado. De forma parecida, Baker no nos dice directamente que su Proyecto Florida está ligado a Disney, ni que usará la idea del lugar más feliz del planeta para contrastarla con su entorno miserable. Solamente lo sugiere en ciertos pasajes y en el inesperado final en el que cada quien podrá elegir si salir de la sala de cine inconsolable o esperanzado.

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