Hoy me encuentro en la hermana República del Ecuador, lugar al cual he venido a impartir a estudiantes de la Universidad de Guayaquil una conferencia; les hablaré a los estudiantes y maestros acerca del nuevo contexto económico internacional, en ese marco y desde mi llegada a este país latinoamericano, observo a una nación que me recibe en su capital Quito, con un aeropuerto de primer mundo, con carreteras gratuitas de cuatro carriles, con una infraestructura que muchos en México quisiéramos. Se percibe el crecimiento de esta nación latinoamericana, se percibe la calidad de vida de su gente.
Hace más de 20 años cuando México era la cabeza de América Latina y, tenía liderazgo en todas las naciones latinoamericanas, afirmábamos con total certeza: México es la potencia de América Latina, pero con la llegada de Carlos Salinas al poder y con la transición de una economía planificada a una economía de libre mercado, México empezó a ver hacia el norte, particularmente con la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, se pensó que bastaba unirnos con Estados Unidos y Canadá para incorporarnos a su progreso y desarrollo económico, con ello estaríamos del lado de los vencedores.
Dejamos de ver hacia la tierra de Bolívar, dejamos de ver hacia la tierra de fuego, hacía el lugar con el cual nos unía un idioma, nos identificaba una cultura milenaria y una tradición de relaciones diplomáticas de muchos años.
Nuestro país dejó de ser la cabeza de América Latina y, dicho protagonismo lo tomaron países como Brasil, Argentina y por supuesto, la hermana República de Chile fue la protagonista en estabilidad y crecimiento económico, sin embargo, México había olvidado a sus países hermanos, a las naciones de América Latina. 22 años después de la firma del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá, despertamos de ese sueño guajiro, Despertamos de creernos en el primer mundo, despertamos y nos dimos cuenta que lo sucedido a lo largo de 22 años había sido una quimera, porque hoy solamente un nombre había logrado despertar de ese sueño a una gran nación, ese hombre llamado Donald Trump.
Hoy surge la necesidad de voltear a ver hacia América Latina, pero 22 años después los países hermanos ya no son los mismos, han dejado de ser los hermanos pequeños, dejaron atrás sus conflictos internos y sus guerras, han generado tratados comerciales entre ellos, han logrado estabilidad macroeconómica, infraestructura, empleos, y desarrollo.
Me encuentro en Guayaquil, la ciudad más grande de todo el país, con un puerto marítimo de los mejores de América Latina, se huele en la ciudad el crecimiento y el desarrollo económico; su presidente Correa es un hombre con principios, pero además con conocimiento de lo que es la política pública, por ello ha llevado a esta nación latinoamericana a ser hacer orgullo de los ecuatorianos.
Durante 22 años los mexicanos dormimos en nuestros laureles pensando en el sueño americano, durante ese tiempo Ecuador y otras naciones de América Latina hicieron lo que tenían que hacer, combatir la corrupción y apostar por el bienestar de los ciudadanos.
Correa a lo largo de ocho años ha hecho de esta nación un país que combate la corrupción, que apuesta por los más pobres, que genera infraestructura, que va por la educación de calidad. Mientras México pensaba en el sueño americano, los países de América Latina pensaban y actuaban para alcanzar mejores niveles de crecimiento y desarrollo económico. Mañana hablaré con jóvenes ecuatorianos, seguramente me preguntarán acerca de las relaciones de México con Estados Unidos, no me quedará más respuesta que ofrecerles una disculpa, porque durante muchos años los mexicanos volteamos a ver al norte y nos olvidamos del sur.
Si México no hace lo que deber hacer, en muy poco tiempo será rebasado por otras naciones latinoamericanas, porque ellas, las hermanas del Ché Guevara, de Bolívar, de Martí, y de Sucre no esperarán por nosotros..., seguirán su camino y México quedará rezagado. Bien por América Latina, bien por su forma de actuar, bien por sacar la casta, bien por seguir esperando al hijo pródigo, que hoy se llama México.
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