Su afición por los zapatos comenzó a los 16 cuando entró a trabajar en una zapatería llamada Lucy, ubicada detrás del VIPS de la Cinco de Mayo. Con el descuento de empleado y los diez centavos que ganaba por cada par que vendía fue inevitable para ella ir construyendo una colección de tacones con su respectivo bolso a juego. Los tenía de gamuza, ante, charol, piel y carey, y en toda la gama de tonos, desde el amarillo mostaza, amarillo pardo, amarillo pollito, amarillo huevo… hasta completar el arcoíris. Los zapatos nuevos le daban una alegría que la hacían pararse cada día a trabajar, además de, claro, ayudar a su mamá y a sus hermanos a sostener apenas y a penas una casa. Pero el deseo, la avidez de lo bello fue siempre un motor.
Así, cada mañana, elegía un par distinto y para ahorrar un camión se iba caminando desde Xonaca hasta el bulevar y dominó el arte de andar en puntillas. Con maestría, la aguja del tacón sorteaba zanjas, alcantarillas, banquetas desniveladas y se volvió experta en cruzar las calles empedradas de Puebla mojadas por la lluvia sin nunca caer o doblarse el tobillo, conservando el glamour a pesar de la prisa por llegar a tiempo o cambiar nerviosa de acera cuando algún estúpido comenzaba a seguirla al anochecer.
Durante seis años trabajó ahí, con esmero fue ascendiendo hasta convertirse en almacenista, aparadorista y, finalmente, encargada de sucursal. En todo ese tiempo su arco adoptó el molde de un pie de muñeca, tanto que usar zapatos de piso se volvió insoportable. Vivía elevada, como en las nubes, cuando la juventud parece un país interminable y el mundo entero es posible.
Un día, después del corte de caja, salió hacia Plaza Dorada a depositar en el banco las ganancias del fin de semana. En el camino, a plena luz del sol, un sujeto le cerró el paso, la arrinconó a la pared, le mostró un arma y le arrancó el bolso de las manos. Él huyó corriendo y ella se quedó pasmada, en blanco. Pero aquel despojo terminó por dejarle, en realidad, una duda existencial que reveló oscuridades. “O te mueres”, oyó el eco de la sentencia por semanas.
Vivir, entonces, ¿para qué? Se preguntó desde ese momento cada tarde mientras comía su torta sentada en una banquita del Parque Juárez, rodeada del ulular del viento y de pájaros entre los árboles. En soledad. “Una razón para vivir, Dios mío”, suplicó.
La oración ferviente llegó al cielo y una tarde de calor estival conoció al hombre con quien haría lo que la primavera a los cerezos y procrearon a una niña maligna incapaz de comunicarse sino a través de lloros, ¡y luego fueron dos! Y ahí andaban, par de chamacas latosas, una de brazos y otra aprendiendo a caminar. Dicha temporada exigió, pues, bajarse de los zancos y calzar tenis de batalla para correr detrás de ellas, a través de los años, para aminorarles, cada que pudo, el inevitable dolor de caer.
Aquella colección de zapatillas fue transformándose en forma, color y altura, en parte porque la moda cambió y también porque el tiempo le cobró factura con afecciones en la columna. Vinieron tiempos difíciles, de cambios, de dudas, de risas, de esperanza. Pero su afición por los zapatos se mantuvo, como ella, siempre, mi madre, con la luminosa voluntad de amarme.
Por cierto, que mi hermana se llama Lucy.