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Sábado , 16.02.2019 / 16:08 Hoy

Columna de María Doris Hernández Ochoa

La juventud a la deriva cuando hay crisis

María Doris Hernández Ochoa

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Donde hay crisis, ya sea social, política o económica, a quienes más afecta es a la juventud. Lo peor que le puede pasar a un país es que sus jóvenes vayan a la deriva, porque no comprenden el reto que se les presenta.
La falta de oportunidades de trabajo bien remunerado y que corresponda a sus capacidades y habilidades está llevando a los jóvenes a un remolino; si ello tiene como antecedentes la falta de educación entonces cualquier crisis afecta al no ver con claridad qué futuro les espera. ¿Qué clase de adultos tendremos mañana cuando en su presente se enfrentan con un país en permanente crisis en cualquier campo? La falta de optimismo, la ausencia de proyectos, los sueños fallidos y la decepción formarán la rara sociedad del futuro que ahora no es posible definir. El Papa tocó el punto en su reciente visita a Panamá, para presidir la 34 Jornada Mundial de la Juventud. Francisco, como le gusta que lo nombren, es un profundo conocedor del problema por haber experimentado la crisis de los jóvenes argentinos durante su etapa sacerdotal y como arzobispo de Buenos Aires antes de llegar al Vaticano hace seis años. Pide no un mejor futuro para los jóvenes, sino un mejor presente. “A ustedes les puede pasar lo mismo cada vez que piensan que su misión, su vocación, que hasta su vida es una promesa, pero solo para el futuro y que nada tiene que ver con el presente. Como si ser joven fuera sinónimo de ‘sala de espera’ de quien aguarda el turno de su hora. Y en el ‘mientras tanto’ de esa hora, les inventamos o se inventan un futuro higiénicamente bien empaquetado y sin consecuencias; bien armado y garantizado con todo ‘bien asegurado’. No queremos ofrecerles un futuro de laboratorio”. Se ha referido a la riqueza del intercambio y el valor de reconocer que nos necesitamos, que tenemos que esforzarnos en propiciar canales y espacios en los que involucrarse en soñar y trabajar el mañana ya desde hoy. Pero no aisladamente, sino juntos, creando un espacio común. Un espacio que no se regala ni lo ganamos en un juego de azar, sino un espacio por el que también los jóvenes deben pelear. Mencionó los cuatro problemas del “sin” que impide echar raíces: sin trabajo, sin educación, sin comunidad y sin familia. Afirmó que es imposible que alguien crezca si no tiene raíces fuertes que ayuden a estar bien sostenido y agarrado a la tierra. _

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