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Sábado , 23.02.2019 / 11:29 Hoy

La Silla

Qué de malo tiene...

Manuel Baeza

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Que un político o funcionario público tenga bienes inmuebles y otras propiedades no es ningún problema. Me parece que es entendible que un hombre o mujer que han trabajado por años, y tienen la capacidad económica de hacerlo, puedan comprar terrenos, departamentos, casas o autos de lujo, al igual que obras de arte o joyería. Nada malo hay en eso.

Comento esto porque, una vez más, en redes sociales recibo comentarios donde la gente me pregunta si hay algo de malo en que personajes como Olga Sánchez Cordero, Javier Jiménez Espriú, Alfonso Romo o Andrés Manuel López Obrador sean dueños de algo; todo a raíz de mi texto titulado “La Herencia de la 4T”, donde critico que dichos personajes hayan cedido sus bienes a familiares, de manera que su declaración patrimonial sea prácticamente en ceros.

Por supuesto que nada tiene de malo que AMLO sea dueño de una finca en Tabasco, o de un departamento en la Ciudad de México. Tampoco es malo que Olga Sánchez Cordero o Javier Jiménez Espriú sean propietarios, cada uno, de departamentos en Houston, Texas; o que Alfonso Romo tenga casas enormes, caballos y autos de lujo, además de empresas exitosas en su ramo.

No. Lo que me parece reprobable, es la simulación. ¿Por qué ceder en secreto sus propiedades a esposas o hijos justo antes de convertirse en funcionarios? ¿Por qué intentar esconder lo que tanto esfuerzo y dinero les costó? ¿Por qué buscar una cara de austeridad poco creíble?

Normal, deseable, sería que un hombre o mujer en el equipo de trabajo de cualquier presidente salga a decir qué propiedades tiene; en qué negocios está metido (en el mejor sentido de la palabra).

Estoy seguro de que algo así será aplaudido por la mayoría. No mentir, no robar, no traicionar, dice López Obrador.

twitter: @baezamanuel

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