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Viernes , 22.03.2019 / 06:45 Hoy

Entre tangos y vino tinto

Los proyectos: La fuente de la eterna juventud

Magda Bárcenas Castro

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Siempre que recuerdo a mi abuelo salta en mi cabeza la imagen de un hombre de sombrero, camisa de cuadritos, pantalones vaqueros y pañuelo. Muy temprano escuchaba entre sueños el golpeteo de su machete en medio del jardín y la radio sintonizada con canciones rancheras de su época. Siempre tenía algo que hacer, nunca lo vi enfermo…mucho menos cansado. Sonreía todo el tiempo y siempre que me veía alzaba su mano derecha, me mostraba la palma y pronunciaba JAO –así saludan los indios- me decía. Nunca pude preguntarle cuál era su secreto, murió cuando yo era muy pequeña. Amaba viajar y así murió…de viaje. Me gusta pensar que sólo cambió el rumbo y se fue a otro de sus viajes, pero que esta vez faltará mucho tiempo para vernos de nuevo.
¿Qué se necesita para vivir una vejez digna? Ayer vi el reportaje de Marion Kaufmann una mujer argentina de 93 años que escribió su primer libro: “Nosotras las de ochenta para arriba” publicado por MT Ediciones. Ella da tres simples consejos: No estar anclados al pasado, vivir con entusiasmo y tener proyectos. Pero justamente pocos son los que llegan a envejecer con dignidad y una buena calidad de vida.
Mi mentor Alberto Laiseca era un tipo muy sabio, se leía un libro al día, se tomaba una copa de vino y se ponía a escribir, así lo vi terminar su último libro dedicado a su natal Camilo Aldao, él decía que siempre había que tener la cabeza trabajando.
Y es aquí cuando pienso en todos los jóvenes que escucho quejarse a diario, por todo y de la nada y siempre vienen a mi mente ejemplos de gente entusiasta como las antes mencionadas, ese círculo que encontró la fuente de la juventud y que continúa avanzando.
Entonces, ¿a quién se le está acabando el tiempo realmente? Creo que a todos esos que no han encontrado lo que aman realmente, la monotonía sí que hace envejecer, es la única que es realmente mortal y que cada día nos lleva un paso a la tumba.
Cuando conocí a Don Magaleno era ya un hombre de más de 90 años y yo tenía diez, le encantaba chapolear y sacarle la maleza a sus plantas. El también encontró lo que amaba y nunca lo vi enfermarse, simplemente falleció, así como alguien se va de un lugar para descansar a otro lado luego de haber terminado lo que tenía que hacer.
Ojalá la vida nos dé la oportunidad de continuar andando, de tener la cabeza con proyectos que nos hagan sentirnos con esa vitalidad que ilumina y fortalece a pocos; hoy inicio el año justo con ese pensamiento: El de hacernos más jóvenes a pesar del tiempo. _

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