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Miércoles , 20.02.2019 / 00:23 Hoy

Catarata

La guerra en el pueblo de los ricos

Luis Petersen Farah

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Mientras tanto, en el pequeño municipio de San Pedro el combate por tres pequeños museos deja de lado la discusión cuartotransformacionista del huachicol.

En ese rincón del Monterrey metropolitano las tensiones han llegado al insulto, a los juzgados y los burós de los más efectivos abogados, a la ruptura de los partidos políticos, la parálisis de las instituciones y la saturación de periódicos y dispositivos móviles a causa de una muestra de fósiles del noreste mexicano, otra de cerámica antigua, una más de pintura del siglo XX y hasta de una espada que clama ser del mismísimo Cortés. Y sobre todo a causa de cuatro antiguos techos mudéjar, uno de madera de 12 por 20 metros, otro octagonal que remataba un torreón y dos más rectangulares con incrustaciones y con cerámica policromada, respectivamente.

El bélico bullicio comenzó cuando el presidente municipal saliente, Mauricio Fernández Garza, quien además de haber sido candidato a gobernador y alcalde tres veces en 30 años es miembro de una de las familias propietarias de grupo Alfa y un excéntrico coleccionista de impresionantes colecciones, decidió poner algunas de éstas en museos para su popular disfrute.

Pero poner significa eso: poner. No donar, no construir y fundar un museo privado, sino prestar los objetos por tiempo definido y corto a un gobierno municipal que debería, ese sí, pagar, construir y cuidar un conjunto de recintos.

Decidió, pues, todavía como alcalde, dar destino a sus colecciones y decidir significa eso: decidir. Su obediente cabildo aprobó la creación de una entidad independiente del municipio y cuya dirección fue asignada por tiempo indefinido a quien Fernández decidió, a su novia. Asignó además 340 millones de pesos para iniciar de inmediato los edificios en parques y terrenos municipales.

Ya estaba todo listo, pero no estaba blindado. Y para Fernández blindar significa eso: blindar. Ya había en otro tiempo intentado blindar el municipio entero frente a la delincuencia con un “grupo rudo” de choque. Esta vez blindó su proyecto con una cláusula de castigo en el contrato: si el municipio frenaba la construcción de los museos tendría que pagar cerca de 800 millones de pesos. ¿A quién? A su familia. Blindado. Ahora podía tranquilo dejar la política.

En la elección del 1 de julio, por esa y muchas otras razones, el PAN se despidió de sus 30 años consecutivos de gobierno municipal. El independiente Miguel Treviño ganó y puso en duda los museos desde el primer día. Finalmente canceló las obras e inició el pleito para desactivar la sanción millonaria del contrato y recuperar el dinero del que, en su opinión, el anterior alcalde había dispuesto alevosamente. Calculó que se trataba de una cantidad equivalente a la mitad de lo recaudado por predial el año pasado. Se lamentó: “No ha dado nada y a cambio quiere que con dinero público se le construyan museos, se le guarden sus colecciones y se paguen seguros, mantenimiento y hasta el personal”.

Mauricio se negó a entregar ese monto. Solo que un juez me obligue, declaró a los cuatro vientos, y si creen que lo haré de otra manera, no me conocen. Así se dieron las primeras batallas en esta guerra del pueblo de los ricos.


luis.petersen@milenio.com



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