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Lunes , 25.03.2019 / 12:34 Hoy

Catarata

Adiós "Marie"

Luis Petersen Farah

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¿Qué está pasando en las sociedades occidentales del siglo XXI? Entre otras cosas, que ya nadie se llama Marie.

Acaba de aparecer en París El archipiélago francés (L’Archipiel Français, Éditions du Seuil), de Jérôme Fourquet, una investigación que descubre lo que para otros países puede ser un botón de muestra: Francia se vuelve “una nación múltiple y dividida”, y entra de lleno en una era poscristiana.

El presidente Emmanuel Macron, fenómeno mundial en 2017, enfrentó muy pronto una impopularidad masiva y rara; a los ojos de Fourquet, el paisaje electoral quedó marcado por una enorme volatilidad y el partido que ganó ha visto a una gran parte de sus votantes darle la espalda tras unos cuantos meses de ejercicio del poder. Solo una archipielización del cuerpo social lo puede explicar.

Francia enfrenta un proceso de fragmentación. “Fracturas múltiples: educativa, geográfica, social, generacional, ideológica y etnocultural se entrecruzan y dan lugar a islas e islotes más o menos extendidos”.

Haciendo gala de múltiples herramientas y una honda discusión metodológica, el autor encuentra que atrás de este gran cambio está “la dislocación de la matriz católica de la sociedad francesa”.

La influencia del catolicismo fue determinante en la construcción de la nación, dice. “El funcionamiento profundo de la sociedad francesa durante el siglo XIX y una buena parte del XX se estructuró por la oposición catolicismo-anticlericalismo”.

Es una ruptura importante en una nación que fue considerada como la hija mayor de la Iglesia. Aun cuando el catolicismo había desaparecido en el plano metafísico, actuaba persistentemente en el plano sociológico. Sin embargo, ahora ya no está presente su fuerza estructurante: el fantasma del catolicismo acabó por irse en 40 años. “La matriz secular judeo cristiana, ya muy debilitada, está por desaparecer en el horizonte de una generación”.

Son muchos los síntomas que atestiguan esta situación sin precedentes, que toca todos los compartimentos de la vida social y de las prácticas humanas.

En el interior mismo de las familias, las referencias a la fe y a la cultura católicas han desaparecido. Temas como el aborto o la homosexualidad han evolucionado en sentido claramente contrario al de la doctrina católica. Y no son mera moda fenómenos como el tatuaje, el veganismo, el animalismo o los cambios de residencia de los ricos a otros países, que expresan una relación diferente con la naturaleza, con el cuerpo o con la sociedad.

Y ya nadie se llama Marie. En 1900, al menos una niña de cada cinco fue llamada así. Un indicador precioso, según Fourquet, del dominio de la cultura católica; en esa época, con una proporción de bautizados superior a 90 por ciento, “el hecho de escoger Marie como nombre para su hija en el registro civil y por lo tanto en el bautizo era un acto simbólico fuerte que traducía el grado de anclaje de la religión católica en la sociedad francesa”.

La proporción de Marie alcanzaba 15 por ciento en la Primera Guerra Mundial, 10 por ciento en los años 30, 1 por ciento en los 70. Y 0.3 por ciento en 2016.

El fantasma en retirada, sin duda llamado Marie, abre preguntas paralelas para el futuro de regiones enteras.


luis.petersen@milenio.com

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