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Martes , 26.03.2019 / 06:55 Hoy

Diario de campo

Democracia y alternancia desde Guanajuato

Luis Miguel Rionda

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Fuente: Oficina del consejero Luis Miguel Rionda, IEEG.

La alternancia política regular es uno de los indicadores sobresalientes de la calidad democrática. Nuestro país vivió una larga transición de cuatro décadas para que este fenómeno se convirtiera en un suceso común en los tres órdenes de gobierno. Hay que recordar que las primeras alternancias se registraban solo a nivel municipal, y tenían carácter de excepcionales. Los años 80 significaron la irrupción de las alternancias municipales en muchas entidades del país, incluyendo Guanajuato —el municipio capital y el de San José Iturbide fueron los primeros en experimentar el cambio de partido en el gobierno—. Luego, a partir de 1989, se inauguraron las alternancias estatales con Baja California, y con Guanajuato en 1991. En 2012 Roy Campos contabilizó un total de 37 alternancias estatales hasta ese año (Consulta Mitofski, 2012).

Por supuesto, la reina de las alternancias mexicanas se dio en el año 2000, cuando Vicente Fox y su Alianza por el Cambio ganaron la Presidencia de la República, dando fin a 71 años de hegemonía monopartidista. Una nueva alternancia se registraría en el 2012, siempre entre los mismos partidos (PAN-PRI) y la elección presidencial reciente confirma el tercer cambio, ahora hacia una nueva opción partidista: Morena.

El valor democratizador de la alternancia no solo se refiere al cambio de los grupos en el poder, representados por los partidos políticos. Su potencial radica en el efecto que tiene en las instituciones, en la redistribución del poder, en el voto de castigo hacia opciones desgastadas, y así propiciar que los intereses de la ciudadanía sean mejor representados a través de políticas públicas más ponderadas.

Pero la alternancia solo ha sido posible en la medida de que existan mecanismos para que el cambio político se realice de forma democrática, mediante elecciones legales, equitativas, trasparentes y confiables, que brinden a la ciudadanía la garantía de su voto realmente redunda en la selección de sus gobernantes y representantes de forma libre y plena.

Pero la alternancia partidista en los cargos públicos debe potenciarse con otros elementos que abonan a la calidad de la democracia: la auténtica división de los poderes, el respeto a la autonomía de los tres órdenes de gobierno, los mecanismos independientes de transparencia y rendición de cuentas, y la formación amplia de ciudadanía mediante una educación formal e informal basada en los valores de la honestidad, la participación, la verdad, el diálogo y la exigencia. Esos elementos todavía están por consolidarse, o incluso por construirse en un país tan afectado por las anomias sociales.

En este sentido lo local —la matria— cobra una enorme importancia, pues ahí comienza todo. Dijimos que en Guanajuato las primeras alternancias municipales se gestaron a principios de los años 80: en 1982 el PDM ganó en la capital, y el PARM en San José Iturbide. En ambos casos liderados por candidatos independientes de los partidos. Un trienio después en 1985 el PAN obtuvo su primer triunfo en el estado, en San Francisco del Rincón, y el PDM ganaba una elección extraordinaria muy cuestionada en Comonfort.

El gran avance en las alternancias municipales se registró en las elecciones de diciembre de 1991: el PRI perdió 13 de 46 ayuntamientos, entre ellos León, Celaya y Salamanca. En las elecciones de diciembre de 1994 el PAN ganó en cinco municipios, en PRD en dos, dos el PARM y un independiente —Santa Cruz de Juventino Rosas—. Fue el año del “voto del miedo”.

En los comicios municipales de 1997, los primeros organizados por el Instituto Electoral del Estado de Guanajuato (IEEG), el PAN avanzó sobre 19 municipalidades, el PRI conservó 20, el PRD ganó en seis y el PVEM en Juventino Rosas. En ese año el PRI perdió su mayoría en los Congresos local y federal.

A partir de entonces la alternancia partidista a nivel municipal se ha establecido más como regla que como excepción. Desde 1983, en 13 trienios, ninguno de los 46 municipios guanajuatenses ha sido ajeno a al menos una sucesión partidista; son los casos de Atarjea, Xichú e Irapuato (!), que eventualmente mudaron del PRI al PAN y ahí se han mantenido. Pero tenemos los casos de Comonfort, Dolores Hidalgo, San José Iturbide y Uriangato, con nueve alternancias, y Villagrán y San Francisco del Rincón con 10.

En los últimos procesos electorales hemos visto las mutaciones más numerosas y significativas, con 34 alternancias en 2012 —incluyendo la de León, que rompió una cadena de ocho gobiernos del PAN—, de 33 en 2015, y la actual, con 24 alternancias municipales y cinco partidos y una coalición que ejercerán el gobierno. En total, en estos 35 años se han registrado 262 mudanzas partidistas, de un total de 598 comicios municipales. Eso pinta a una entidad muy variada en cuanto a sus preferencias políticas locales, contrario sensu a lo que podría creerse desde la óptica nacional.

Colaboró: Diana Lilia Mejía Rodríguez.

Referencia: Consulta Mitofski (2012) http://consulta.mx/index.php/estudios-e-investigaciones/elecciones-mexico/item/download/322_8942295c6acf9b1938943dbb9486b359 Consultado el 25 de julio de 2018.

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