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Martes , 19.02.2019 / 23:48 Hoy

Mirada en la red

Infancias y soluciones imaginarias

Luis A. Guadarrama Rico

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He regresado a la agenda política el tema de las estancias infantiles. Los sucesos ocurridos en Hermosillo, Sonora, el 5 de junio de 2009, cuando el incendio en una bodega se propagó hacia la Guardería ABC, han retornado. Murieron 25 niñas y 24 niños, dejando en el más devastador e imborrable de los dolores a madres, padres y familiares, ligados a cada uno de esos decesos. Además, quedaron lesionados 106 niños y niñas.

Tiempo después, se recordará, el gobierno de Felipe Calderón modificó la Ley General de Prestación de Servicios para la Atención, Cuidado y Desarrollo Integral Infantil. El propósito fue mejorar los criterios y estándares de calidad con la que cada estancia infantil debe operar, en beneficio de niños y niñas.

El asunto ha recobrado visibilidad debido a que el presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO) anunció, entre el racimo de otros recortes presupuestales aplicados recientemente, uno más: la disminución del dinero enviado a las estancias infantiles en las que se identifican irregularidades en el manejo de esos fondos públicos otorgados a dichos establecimientos.

La oleada de reclamos y debates cobró fuerza cuando hace unos días Carlos Urzúa, Secretario de Hacienda y Crédito Público (SHCP) hizo referencia a lo que entendió que dijo la Secretaria de Bienestar, María Luisa Albores. 

Urzúa adelantó que, a su entender, el dinero se le podría dar a los padres y madres de familia, para que sean quienes decidan a qué estancia infantil pagarle por brindar la atención y los cuidados que sus vástagos requieren, mientras ellas y ellos están en sus empleos. O bien, que tales recursos podrían ir a parar a las manos de abuelas de esos nietos(as), quienes podrían cuidar mejor que una guardería.

Creo que estamos en un compás --ojalá iniciático-- en el que se abusa de las declaraciones de banqueta, del uso de ocurrencias a bocajarro, por el simple hecho de que alguien pregunta y algunos políticos no resisten la tentación de responder, sea con aquello que suponen saber o deducir o, de lo que conjeturan que dijo otra persona.

Se generaliza vorazmente. A los demás se les ve como si estuviesen en las mismas condiciones y valores axiológicos que quien amanece con la euforia de declarar. Lo peor, se ofrecen soluciones que distan mucho de serlo.



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