Hace ya algunos años, escuché por primera vez el término: “mercadotecnia irreverente”, de lo que yo pensé era sólo una justificación del mercadólogo creador de un mensaje comercial transmitido por la radio, quizá por el grado de temeraria agresividad y tono provocador que el mismo contenía.
El hecho no pasó de llamar mi atención, tan sólo como un arrogante alarde publicitario, diluido en el marco de los alucinantes avances científicos y tecnológicos de los primeros años de este siglo XXI, en los que sin darnos cuenta cabal, el mundo transitaba abrupta y arrebatadamente a la llamada era digital, dejando para siempre tras de sí, 50 siglos de civilización.
No imaginaba yo entonces que con el correr de los años, el adjetivo “irreverente” cobrara tal importancia en la difícil tarea de re-entender el convulsionado mundo en el que vivimos hoy en día, si no como una manera para resolverlo, al menos sí como una fórmula para comprenderlo y adaptarse a él, sin deprimirse, enloquecer o morir en el intento, pues como dicta el aforismo japonés: “Problema identificado, problema 50% resuelto.
Según el diccionario, “irreverencia” es: “la descortesía, desacato, grosería, menosprecio, descortesía o falta de respeto”, por algo o por alguien.
Y todo eso es tal vez lo que justamente germinó en la sociedad humana hacia sus instituciones políticas o religiosas y sus narrativas, con las qué: durante esos 50 siglos, con sus ideologías pretendían explicar el mundo, la vida y sus sinrazones.
Narrativas que naufragaron ante el fácil acceso a la información y la evidencia contundente descalificadora de mitos y supersticiones, sin mencionar la pérdida de confianza (o de fe) hacia los líderes en turno de esas instituciones, resultado de sus fallas y debilidades ciertas o falsas divulgadas y radiografiadas en las redes sociales.
En esta disrupción existencial, se suele oír decir: “la gente ya no cree en nada”, (o tal vez ya no quiere creer). Quizá necesitemos una nueva narrativa, confiable, creíble y sostenible,
Pero; ¿Habrá alguien capaz de enarbolar esa bandera, ¿O cada uno se inventa la suya?