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Lunes , 22.04.2019 / 19:19 Hoy

Desde mi rincón

¿Fe o idolatría?

Luis Augusto Montfort García

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“Si un día le digo al fugaz momento: ‘¡Detente! ¡Eres tan bello!’”. 

Son éstas las palabras con las que Goethe, en boca de su personaje el Doctor Fausto, nos retrata en esa imperiosa necesidad humana que todos tenemos, la de querer aprisionar la belleza de algún momento maravilloso, capturando el efímero estado de éxtasis en un instante eterno que quisiéramos que nunca terminara. 

Así somos, quizás porque sabiéndonos mortales, esa certeza nos hace querer atrapar los momentos que disfrutamos intensamente, en una foto o en un recuerdo que nos haga volver a disfrutar una y otra vez la emoción sentida.

Esto es entendible, pues en términos históricos la gran mayoría somos tan intrascendentes y nuestro paso por este mundo es tan breve qué, dado que no podemos retener el presente y nunca tenemos la certeza del futuro, entonces deseamos apresar el pasado de alguna forma u otra. 

Tal vez sea también por esa misma razón por la que construimos mentalmente toda clase de mitos que luego, para creerlos, reforzamos con toda clase de ídolos, a los que en ocasiones terminamos adorando a veces sin más justificación que la de haber escuchado el mito una y otra vez desde pequeños, sin haberlo nunca filtrado por el cedazo del razonamiento.

Así pues, dada la fragilidad de nuestra existencia y para satisfacer esa necesidad de identificarnos con algo más permanente, atesoramos en museos y otros espacios los objetos que consideramos “culturalmente valiosos”, en los cuales “depositamos nuestra memoria histórica”, en un intento de contar con un testimonio que nos permita conocer nuestros aciertos y errores del pasado para cuando menos en teoría, repetir los primeros y evitar los segundos.

Cuando esto último no sucede, cuando no se aprende de las experiencias del pasado, los objetos que nos las recuerdan pasan a ser meros fetiches y con frecuencia terminamos siendo esclavos de ellos, el mito entonces cobra vida en ritos y liturgias que carentes de su sentido original, terminan siendo solo mera idolatría, centrada más en la adoración al objeto que al mensaje que éste representa.

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