La revolución industrial de la segunda mitad del siglo XVIII generó en la sociedad inglesa, entre otros muchos efectos, un cambio radical en la economía con una nueva distribución de la riqueza, así como también una deshumanización social (a semejanza de la revolución tecnológica que hoy vivimos) que desembocaría más tarde en el llamado “capitalismo industrial”, esto en la época de la Reina Victoria (1819-1901) y de su marido el Príncipe Alberto de Sajonia, quien promovió algunas costumbres navideñas alemanas como el árbol y las tarjetas de felicitación.
Fue en ese entorno que Charles Dickens (1812-1870) escribió su popular novela “Cuento de Navidad” (A Christmas Carol 1843) en la que retrata y condena ese mundo materialista y se une a la tendencia de su época de rescatar las viejas tradiciones navideñas y la solidaridad humana.
La narración relata como Scrooge, un sujeto avaro y mezquino que desprecia la navidad, recibe la visita del fantasma de su socio muerto, Jacob Marley, condenado a arrastrar eternamente una cadena por sus maldades cometidas en vida y quien le anuncia la visita de tres fantasmas que le brindarán la oportunidad de salvarse de padecer un destino como el suyo: El fantasma de las navidades pasadas, que le muestra su propia infancia; el fantasma del presente, que le muestra su realidad y el fantasma del futuro, que le muestra cómo será su destino, concluyendo la obra con el arrepentimiento y transformación de Scrooge.
No sé bien a bien lo que haya querido decir Dickens con sus personajes, pero a mí me parece que sus fantasmas son una invitación a reflexionar entre: lo que he sido, lo que soy y lo que deseo ser de ahora en adelante. Encontrando como un mensaje toral en su Cuento de Navidad, la posibilidad de que todos podemos cambiar si realmente nos lo proponemos.
Navidad es natividad, es la celebración del nacimiento de un niño en un humilde pesebre de Belén pero también el recuerdo obligado de un sepulcro vacío en Jerusalén. Nacimiento y Resurrección, Esperanza y Fe, Renovación y Cambio.
En este desquiciado mundo de la revolución tecnológica, ¡Cómo nos hace falta creer en ellos!
lamontfort@yahoo.com.mx