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Jueves , 25.04.2019 / 13:45 Hoy

Articulista Invitado

Huella grabada en la piedra

Juan Salvador Álvarez de la Fuente

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Salir al campo es caminar, escuchar las pisadas en la tierra reseca, sentir el viento y los olores del matorral, ver, si se da la oportunidad, a los habitantes de nuestro semidesierto: alguna liebre, un coyote o un ave de presa. Pero no siempre fue igual. 

Todavía hace 100 años, las lagunas de Viesca y Mayrán tenían agua, de los manantiales de Juan Guerra existen fotografías y si fuéramos más atrás, hasta antes de la llegada de los españoles, podríamos ver a los múltiples grupos humanos que convivían entre sí y con la naturaleza, también las majestuosas manadas de bisontes o “cíbolas”, como las llamaron los colonizadores.

Mi abuelo materno contaba que en las cercanías de Viesca se podían encontrar cuevas y formaciones rocosas de resguardo en las que había vestigios del uso que les dieron los antiguos pobladores. 

Para designar a estos grupos, al menos en La Laguna, hemos escuchado una y otra vez la palabra “irritila”, sin embargo, ahora sabemos que ellos eran solamente uno de los más de 300 grupos registrados que habitaron el noreste de nuestro país. 

De sus costumbres, alimentación, organización y creencias religiosas se tiene conocimiento limitado. Podemos ver utensilios con los que hacían su vida diaria en museos como el Regional de La Laguna, del Desierto en Saltillo y la Casa de la Cultura en Cuatro Ciénegas, por mencionar algunos. 

De la lengua que hablaban estos grupos casi no hay registro. El Dr. Carlos Manuel Valdés, en su libro La gente del mezquite, menciona el Manual para administrar los santos sacramentos de penitencia, eucaristía, extremaunción y matrimonio: a los indios de las naciones pajalates, orejones, pacaos, pacoas, tilijayas, alasapas, pausanes y otras muchas diferentes, y un confesionario escrito en 1760 por Fray Gabriel de Vergara: Cuadernillo de la lengua de los indios pajalates y confesionario en lengua coahuilteca publicado por el ITESM en 1965.

Bastaron poco más de cuatro siglos para que se desviaran los cauces de los ríos y se retuvieran las aguas, para que desaparecieran las manadas de bisontes en casi todo Coahuila (afortunadamente se han reintroducido en el norte) y para que los numerosos grupos humanos que durante aproximadamente 12 mil años habían vivido y desarrollado una cultura fueran exterminados hasta el último de sus miembros.

Afortunadamente, gracias al trabajo de estudiosos como Carlos Manuel Valdés, Lucas Martínez, Paulina del Moral, Sergio Corona, Rufino Rodríguez, Hernán Venegas, Elizabeth Mager, entre otros, conocemos más y podemos intentar dar voz a estas mujeres y hombres que dejaron sus huellas en la piedra y desaparecieron sin resignarse a cambiar su manera de existir. 

Esperemos que la política cultural de la nueva Administración Federal, que contempla el reconocimiento de las cultura originarias y su identidad, fortalezcan la labor que se lleva a cabo para la recuperación histórica de la memoria de aquellos que estuvieron aquí mucho antes que nosotros y cuyas voces aún se escuchan en el viento.

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