En México hay decisiones que no se entienden. Y una de ellas ocurre todos los días, a plena luz, en los aeropuertos del país. Ahí, donde debería imperar la lógica del servicio, termina imponiéndose la lógica del bloqueo.
El caso de los vehículos de plataforma es el mejor ejemplo. No se les permite operar libremente. Se les restringe, se les esconde, se les empuja fuera del alcance inmediato del usuario. Y entonces empieza el viacrucis: caminar, salir de zonas controladas, cargar maletas, perder tiempo. Todo para poder acceder a una opción que debería estar al alcance de la mano. ¿A quién beneficia esto?
Ahí están los datos. Esta misma semana, en el aeropuerto de Guadalajara, un trayecto de 15 minutos en plataforma rondaba los 200 pesos en horario vespertino. El mismo recorrido, a la misma hora, en taxi autorizado del aeropuerto, superaba los 400 pesos. Así, sin rodeos. El doble. Entonces no es un tema menor. No es un asunto técnico. No es regulación por seguridad. Es, simple y sencillamente, una distorsión del mercado que termina castigando al pasajero.
Pero además hay algo todavía más delicado: el papel de la seguridad federal. Porque lo que se observa en los aeropuertos no es solo orden, es contención selectiva. Elementos que deberían garantizar movilidad y legalidad terminan, en los hechos, inhibiendo una opción de transporte. Y eso abre dudas legítimas: ¿están para cuidar al usuario o para cerrar el paso a quien incomoda intereses? Cuando la autoridad se percibe como filtro y no como garante, el problema deja de ser administrativo y se vuelve de confianza.
El argumento del “orden” o de la “regulación” se cae cuando lo contrastamos con la realidad: largas caminatas, incertidumbre, tarifas elevadas y una sensación constante de abuso. El libre mercado no es discurso, es práctica. Y cuando una opción más eficiente, más barata y más accesible es frenada artificialmente, lo que tenemos no es regulación: es control.
Y en medio de ese control, el usuario queda atrapado. Pagando más. Caminando más. Perdiendo más.
Porque al final, como en muchos otros temas en este país, el sistema no está diseñado para facilitarte la vida... sino para complicártela. Y eso, aunque lo quieran disfrazar, ya no se puede ocultar.