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Viernes , 22.03.2019 / 07:03 Hoy

Malos modos

Contra el separatismo

Julio Patán

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Arrancó la FIL de Guadalajara, ese prodigioso spring break nerd, y empezó como es habitual: con tres homenajes. El primero, el premio FIL a la Literatura en Lengua Romance, para Emmanuel Carrère. Irreprochable: es de lo mejor que ha dado en los últimos años la literatura en lengua francesa, tan pedantuela y tan vacua con demasiada frecuencia. Les recomiendo que lean, de perdida, El adversario, pieza de veras notable de eso que llamamos no ficción. El segundo homenaje fue la medalla Carlos Fuentes a Paul Auster, que anda en tierras tapatías. Si lo primero que haces al despertar, querido lector, es leer esta columna, como dios manda, tienes tiempo de correr al aeropuerto, volar a Guadalajara y escuchar la presentación de 4321, su nueva, contundente novela.

El tercer homenaje es el más significativo, para empezar, en términos políticos. Fue para Fernando Savater, articulista infatigable, narrador, amante de los caballos y la literatura aventuresca pero sobre todo filósofo. Dijo bien Juan Villoro, siempre lúcido: Savater suele tener razón “demasiado pronto”, cuando tener razón no es popular. Como he comentado ya en este espacio, nada ilustra mejor esa virtud savateriana que su prematura confrontación con el nacionalismo, una confrontación que le valió ser amenazado por ETA y que lo lleva ahora a plantar cara el secesionismo catalán, incomprensiblemente privilegiado con una buena prensa en ciertos sectores progresistas, tan proclives de unos años para acá al enconchamiento aldeano.

Presentó además Savater, justamente, Contra el separatismo, un libro al que alguna vez calificó como a un “panfleto un poco malhumorado”
y que, cabe pensar en consecuencia, es un libro derivado no de su conocido espíritu lúdico, ese placer por leer y escribir tan palpable en toda su obra, sino de su espíritu cívico, de su sentido de la necesidad de intervenir en la discusión pública. Ese mismo espíritu que lo llevó a publicar, en 1985, Contra las patrias y al que dio continuidad con Perdonen las molestias y El gran fraude, de 2001 y 2004. Claro que es un panfleto malhumorado. Se tiene ganada la jubilación de esas batallas, el gran Savater, que probablemente se dedicaría con el gusto de siempre a sus caballos y su Nietzsche y su Voltaire y sus novelas policiacas. Pero no. Le ocurre lo que a todos los hombres: que ve cómo, una y otra vez, la idiotez y la mezquindad regresan por sus fueros, implacables, como las olas a la arena.

Lo que pasa, claro, es que no todos los hombres responden como él, siempre trabajador y valiente.

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