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Lunes , 25.03.2019 / 03:04 Hoy

La vida inútil

Esas pequeñas cosas que nos dan mucha pena

Juan Miguel Portillo

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Los seres humanos hemos sido dotados de una provisión de vergüenza como un mecanismo de defensa. Hay a quienes les da vergüenza todo, no les gusta hablar, no son sociables, no se atreven a nada. Son tan penosos que, sin ser criminales ni muchísimo menos, podríamos decir que la vida los ha castigado con la pena máxima. En cambio hay otros que pecan de lo contrario, conversan con todo el mundo, se muestran siempre abiertos, se abren paso en la vida, suelen ser negociantes, se convierten en políticos. Son, pues, unos sinvergüenzas.

Pero todos, los unos y los otros, experimentan pena y pudor cuando se encuentran en ciertas circunstancias de la vida cotidiana que no están regidas por su voluntad. Describiré solo tres situaciones por las que todos podemos pasar y que nos provocan pena propia y ajena, por mucha desfachatez que presumamos.

El perejil en el diente

Es imposible que pase inadvertido ese pequeño pasajero que capta toda la atención, no por su tamaño, que también los he visto con dimensiones de hoja de espinaca, sino por el sitio donde está y por el contraste con el que se destaca en el lienzo blanco, y la mayoría de las veces amarillento, del esmalte dental.

Es el distractor por excelencia. Nadie puede ser tomado en serio con un perejil pegado al diente. Cada vez que abre la boca, lo que menos importa es lo que dice, por muy interesante que sea; todo el reflector se apunta hacia la partícula que se adhiere a la superficie dental, como si fuera Spiderman en un edificio neoyorkino. Lo que diga esa persona se verá opacado por el perejil, no importa si es un líder de opinión, un maestro, nuestro papá, escrito con acento en la a, o el papa, sin acento, aunque en el caso del papa Francisco sí tiene acento: acento argentino. Yo siempre me había preguntado si solo el perejil tiene esa propiedad adhesiva. Pero no, varias legumbres también poseen esa vocación de polizones: el brócoli, la zanahoria, el betabel. Una auténtica ensalada de la ignominia.

El moquito que se asoma

A todos nos puede pasar. Ya lo dice el refrán: músico, poeta o loco, todos tenemos un moco. Pero de ahí a que lo veamos con normalidad, hay más de una nariz de distancia. Cuando vemos a alguien con ese cuerpecillo queriendo salir furtivamente de su hábitat natural, sentimos pena ajena y no nos atrevemos a informarle a la persona que hay algo incómodo en su fosa nasal o, peor tantito, afuera de ella. Ahora bien, si quien está pasando por este involuntario episodio es la persona a quien pretendemos, el asunto empieza a tomar un color gris. Pocas cosas tan poco estimulantes de la libido como ver en la contraparte el moquito que se asoma.

Tener el cierre del pantalón abierto

Yo me considero un neurótico del peligro del cierre abierto, concepto que, dicho sea de paso, constituye un perfecto oxímoron (les dejo esta palabra de tarea). Durante el día verifico repetidamente que esté bien cerrado y, dado que ese chequeo implica pasarme la mano por la zona en riesgo para asegurarme de que todo está bien, la gente tiende a pensar que lo hago con fines más impuros. Nada más perturbador. Cuando te das cuenta de que tienes la cremallera abierta, inmediatamente comienzas a reconstruir en reversa cada una de las cosas que has hecho ese día, los lugares en los que has estado y tratas de recordar con horror con cuántas personas estuviste que pudieron observar, con morbosa curiosidad, lo que sucedía detrás de la cortina de pudor ahora expuesta al escarnio público, o mejor dicho, púbico.

Existen en la vida otras muchas circunstancias bochornosas de las cuales no quiere nadie ser víctima, pero en mi reflexión abordé solamente tres por falta de espacio. Y de vergüenza.

Según la Real Academia Española de la Lengua, Oxímoron significa:

m. Ret. Combinación, en una misma estructura sintáctica, de dos palabras o expresiones de significado opuesto que originan un nuevo sentido, como en un silencio atronador.

@jmportillo

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