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Domingo , 17.02.2019 / 14:09 Hoy

Los que están mirando

Pureza y refinamiento de un Ministerio de poesía

Juan Carlos Porras

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En el libro de los Huehuehtlahtolli también conocido como Testimonios de la antigua palabra (SEP-FCE, 1991) tanto padres como maestros para educar a sus hijos y estudiantes, respectivamente, les transmitían abundantes mensajes de sabiduría.

Uno de ellos, por demás elocuente, es: “Tenonotzaliztli in tettaycquinonotza, ye quizcalia in ipiltzininicqualli, yectliycmonemitiz”. O sea: Exhortación con que el padre así habla, así instruye a su hijo para que bien, rectamente viva.

Allí un amoroso padre le nombra a su hijo “mi collar, mi pluma preciosa”.

Luego le avisa que “por breve tiempo, has venido a mirar, has venido a crecer, has venido a echar tallos, has venido a embarnecer”, y así hasta determinar que: “Aquél por quien se vive, acaso por un día, acaso por dos días hemos de pedirte en préstamo como cosa nuestra, hemos de solicitar en préstamo un collar, hemos de pedir en préstamo una pluma preciosa.”

El emocionado padre guía a su vástago y le instruye con sapiencia. Le pide además que no decaiga su rostro junto con su corazón con respecto a Él, Dios, que “es tu misma madre, tu padre”.

Un Dios que lo formó y a la vez es su imagen según su semejanza: Madre-Padre.

Para que viva bien tendrá oportunidad de no meterse entre las nubes, en la oscuridad. Es decir, tendrá que correr una serie de riesgos como cualquier ser humano y aquí, me sobreviene -de manera intempestiva- la figura del jeque idumeo de nombre Jobab que, recobrado para nuestra literatura, quedó (disminuido para versar mejor sobre él) en Job también conocido como el afligido o bien el que llora.

Por cierto, Job sabe que pronto, por su condición de afligido, irá “a la tierra de horror y de tinieblas/ (….) donde es noche la misma claridad.”

Pero vuelvo al hijo y a su exhorto.

Éste no deberá vivir como si fuera mudo. “Si bien te conduces, así serás obedecido, serás alabado, por ello serás elogiado”.

Al leer estas palabras imagino pronunciarlas indefectiblemente por Thomas Merton a los novicios en el Monasterio trapense de Gethsemani, Kentucky (EE. UU.) adonde Ernesto Cardenal (Granada, Nicaragua, 1925) ingresó en 1957.

Cultivó allí, dice Merton, los dones del contemplativo y del artista.

Hizo “poemas” a la manera china: pureza y refinamiento. Y su visión, mejor dicho, el mundo, su “mundo” no es olvidado, sino que es visto bajo una luz más clara y menos engañadora.

La consecución del padre Merton maestro de novicios en cuanto al aprecio de la obra primigenia de Cardenal es acogedora y apela al mérito, al merecimiento que sólo Él da.

Por eso Ernesto Cardenal supo, sabe hablarle bien a la gente porque tiene amor y respeto por el prójimo. Sabe que Él es un gran protector, es amparador, es poderoso. Y lo asiste porque “malogra la política de los dictadores”.

Recuerdo cuando nuestro poeta recibió el aviso del comité respectivo, a muy temprana hora, del otorgamiento del Premio Reina Sofíatuvo una gran emoción y fue (es) su actitud tan revolucionaria como siempre.

Con ella sin duda malogró algo la política de los tiranos. Sobre todo, la de Daniel Ortega, Rosario Murillo y sus secuaces que ostentan el poder por el poder.

La prensa del momento y, más, los lectores se volcaron entonces sobre el querido poeta porque es alguien de los nuestros. Sí que sabe decir la palabra con su pluma de quetzal.

Es un poeta que sabe escuchar y que día con día se hace grande. Tiene una obra cercana a la realidad latinoamericana sin duda.

Pienso en otros poetas también como el hondureño Roberto Sosa o bien en el chiapaneco Rodrigo Balam con su Libro centroamericano de los muertos donde se nota el atavío de plumas de quetzal puesto a la disposición de los otros.

En general la saga de su trabajo da muestra de lo que debe hacer un Ministerio de Poesía.

* Editor fundador de Grupo Ochocientos y actual director del Centro de Investigación y Estudios Literarios de León (CIEL-LEÓN).

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