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Domingo , 17.02.2019 / 16:48 Hoy

Las posibilidades del odio

Cuando Miguel Ángel Hernández convirtió la tristeza en literatura

Juan Carlos Hidalgo

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“Es como si supiera que la búsqueda es imposible y que nunca ha de llegar a buen fin, pues nadie encuentra a quien quiere esconderse y mi mamá todo este tiempo ha querido hacerlo, si no de mi padre o de mí, si de ella misma, pues es incapaz de reconocer su fracaso”.

No hay que darle muchas vueltas… la vida aplasta, golpea, nos hace trizas, y nosotros nos vamos acostumbrando. Para muchos el paso de los días es una experiencia desteñida; cuando mucho en grises o en un blanco y negro deslavado que nos remonta hasta el pasado. Hay poco o nada de espacio para la alegría multicolor y la celebración. Apenas se consigue la subsistencia y ello no es motivo de una gran fiesta.

Tal es la sensación que me queda tras la lectura de Misericordia, el primer libro de cuentos de Miguel Ángel Hernández y editado por Librosampleados. Se trató de una experiencia muy dura, pues al menos tres de los seis textos que lo conforman me parecen tristísimos, pero cada uno escrito con una prosa precisa, contenida y exacta para conseguir ser brutal sin tener que caer en tremendismos ni sobre dramatizaciones.

Tal vez sea que el dolor provenga del total parecido que guardan con ciertas realidades cercanas. Fue el editor quien le hizo ver a Miguel que este libro se centra en los padres, pero valga apuntar que estos no pueden existir sin los hijos; luego entonces ese binomio indisoluble recorre las 121 páginas del libro. Y lo hace con dolor, angustia y preocupaciones, que se asumen como el diario derrotero -¡y vaya que cabe la palabra!-.

Debo recocer que tenía mucho tiempo que un compilado de cuentos no me golpeaba tanto. Me vapuleó al ser un retrato más que fidedigno de las tribulaciones que alguien puede tener ante lo que representa un padre o los padres juntos. Por un lado, por la presión que ejerce la situación económica (el personaje del cuento Un hijo citado al comienzo sale a la calle únicamente con cinco pesos y lo último de una tarjeta de crédito para librar el hambre más inmediata), y además por el gran dilema que trae consigo entender el concepto de paternidad, sus implicaciones y, por qué no, también sus sinsentidos, ausencias o incomprensiones. No sólo el protagonista de dicho cuento tiene que hacer frente a una especie de chantaje de sus padres, sino que debe hacerlo sabiendo que fue un hijo no deseado. El hombre se debate entre caer en el garlito de una nueva trampa o intentar hacer frente a una crisis económica tremenda que tiene a su propia familia sin comer.

El apremio se contagia, tanto como los nervios por tener que alimentar a esposa e hijo y no tener idea de cómo resolverlo. Mientras su padre le pide busque por enésima vez a la madre que presuntamente lo ha abandonado –ahora si definitivamente-. Mientras realiza el recorrido exploratorio le acometen los flashazos de las borracheras del progenitor, del fallido intento suicida materno y su posterior salto hacia la religión. En todos los momentos ese hijo era como un actor secundario o más bien dicho un espectador, que a la distancia ve como lo terminan salpicando de chorros de infortunio, desolación y sometimiento.

Y lo peor del asunto es que en el entorno impera la costumbre y su férrea dictadura. Existe un orden de las cosas al que es imposible quebrantar. Ante la cercanía de la enfermedad y la muerte más vale una compañía y la preservación del sagrado sacramento del matrimonio. Aferrarse a lo “malo por conocido” para morder una migaja de cotidianidad.

Un hijo también tiene un comienzo implacable: “Mi padre me llamó por teléfono para decirme que debía buscar a mamá. No preguntó si podía hacerlo. Sólo dijo: Hace tres días que no aparece por la casa”. ¿Será a eso lo que los especialistas llaman “economía del lenguaje”?

Cuando nos referimos a hijos que increpan a los padres es inevitable señalar el peso específico que tiene Kafka, pero en Misericordia hay mucho más de Raymond Carver: por la manera en que se encaran los momentos de tensión, por esa tranquilidad con que se abordan las situaciones límite, por lograr que la calma no carezca de nervio. Así que podemos parafrasear a Carver y este libro dejaría de lado al amor de aquel famoso libro para entonces nombrar a este: ¿De qué hablamos cuando hablamos de tristeza?

Y es que a lo largo del libro (aunque no en todos los cuentos) ronda el fantasma de su ciudad natal: Pachuca. A la que ha regresado a vivir tras más de dos décadas de ausencia. En los textos echa mano de los recuerdos y enhebra pasajes e imágenes de una ciudad anodina –por decir lo menos-. Se trata de una locación de la que no se exalta precisamente su belleza, sino que aparece como un decorado rústico delante del que se mueven seres gastados y un protagonista que también se encuentra vinculado con la nostalgia citadina.

El cuento que da título al volumen arranca de la siguiente manera: “Veníamos de regreso a casa cuando le dije a Luisa: “Voy a escribir un cuento sobre mi tío”. Ella no dijo nada y siguió viendo la carretera México-Pachuca”.

La pareja regresa del funeral del que fuera lo más cercano a una figura paterna para el protagonista. ¡El hombre que le regaló la primera corbata y le enseñó a hacer el nudo! Y lo que se cuenta es como esa vida se fue apagando a partir de una enfermedad y la disminución física. Lo que queda para paliar el dolor es rascar un poco del recuerdo y olerlo para regresar a un pasado que no era mejor, pero que es el único que tenemos.

Miguel Ángel Hernández quizá reserve la Misericordia para sus personajes –pero tampoco mucha- porque en Un presentimiento coloca en el centro a una pareja que no puede aceptar que la fortuna les sonría, que les esté yendo muy bien, y entonces se disponen a prepararse ante la inminente fatalidad que consideran los espera apenas detrás de la puerta. Elucubran todo tipo de accidentes y tragedias que dejarán a su hijo huérfano. Se muestran incapaces de aceptar la posibilidad de éxito, aunque al final del día se vayan a acostar casi despreocupadamente.

Acompañé la lectura de Misericordia con algunas canciones de Scott Matthew, un músico radicado en Norteamérica a quien durante años recomiendo como “El hombre más triste del mundo”; su tesitura es conmovedora y él se muestra como la encarnación de la melancolía. Con seguridad es que disfruto de la tristeza y sus derivados. ¿Será que ahora puedo mencionar a Miguel Ángel como autor de algunos de los cuentos más tristes? Entonces, no resta sino que los lean, y aporten ustedes su propio contexto y sensibilidad. Seguro que cada uno abrazará a la tristeza a su manera y la mirará a los ojos. A mí, estos cuentos me pasan por encima, me devastan… y los considero la perfecta expresión de un escritor poderoso y letal que transformó a la madre de todas las tristezas en literatura en estado puro.

Nota.- Misericordia se presentó el viernes 27 en el CC del Ferrocarril y el día de hoy en Epazoyucan; ambas ocasiones como parte de la Feria del Libro Infantil y Juvenil Hidalgo 2018.

circozonico@hotmail.com




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